Seraphina
Llegué a mi suite y cerré las puertas detrás de mí. El silencio de la habitación era un alivio ensordecedor después del caos. Me apoyé en la madera, y solo entonces el temblor se apoderó de mí por completo. Mis rodillas cedieron y me deslicé hasta el suelo, mi cuerpo entero sacudiéndose incontrolablemente.
La adrenalina que me había mantenido en pie se desvaneció, dejando atrás una resaca helada de horror y una fatiga que me pesaba en los huesos.
Me abracé las rodillas, tratando de contener el temblor. La imagen del último hombre, sus ojos vacíos mientras Alessandro le disparaba, estaba grabada a fuego en mi mente. La eficiencia. La falta de emoción. No fue un acto de defensa. Fue una ejecución.
«Esto es lo que eres», le había dicho. Y era verdad. Había pasado años estudiando al Fantasma, al estratega, al jefe criminal. Pero nunca me había preparado para el hombre. Para la realidad visceral de su violencia.
Y la parte más aterradora, la parte que me hacía temblar ahora, no e