—No tienes que escribirla sola.
Kemi estaba sentada frente a Bianca en la mesa de la cocina, un bloc legal en blanco entre las dos, el cursor de la laptop de Bianca parpadeando sobre un documento vacío que llevaba veinte minutos vacío.
—Sé lo que quiero decir —dijo Bianca despacio—. Solo no sé cómo decirlo sin sonar como que estoy pidiendo lástima.
—No estás pidiendo lástima. Estás declarando lo que pasó. —La voz de Kemi era suave pero firme—. Hay una diferencia entre una mujer describiendo e