Lo Que Su hermana temía

—Di algo.

Ethan no lo hizo. Seguía con la vista clavada en el teléfono en la mano de Bianca como si lo hubiera traicionado personalmente, la mandíbula trabajando, la calidez de treinta segundos atrás completamente borrada de su rostro.

—Ethan.

—Dame un segundo. —Su voz salió baja, tensa, nada que ver con el hombre que la había hecho reír en un pasillo cinco minutos antes—. Mi hermana amenazó a una niña. A tu hija. Por escrito.

—Sé lo que decía. Lo leí cuarenta veces anoche.

Eso pareció llegarle a algún lado. Él la miró, y lo que fuera que había detrás de sus ojos no era enojo hacia ella, era algo más parecido a la vergüenza, cruda e inmediata, como si ya cargara el peso de algo que él no había hecho.

—Lo siento —dijo él.

—Tú no lo enviaste.

—Es mi familia. Eso lo hace mío para arreglarlo.

Bianca casi dijo algo suave, algo sobre cómo así no funcionaba la culpa, pero Zoe seguía a tres metros presionando la nariz contra la pecera y esta no era una conversación para oídos pequeños.

Ethan sacó su propio teléfono y llamó a alguien ahí mismo en el pasillo, sin alejarse, sin bajar la voz para tener privacidad. Bianca entendió lo que eso significaba antes de que él dijera una sola palabra. No se lo estaba ocultando.

—Ingrid. —Su voz se puso plana, controlada de una forma que de algún modo sonaba más fuerte que un grito—. Anoche le mandaste un mensaje a una mujer amenazando el lugar de su hija en mi programa.

Bianca no alcanzó a escuchar cada palabra del otro lado, solo la forma que tenía, rápida y a la defensiva, una voz que no sonaba arrepentida en absoluto.

—No me importa qué creíste que estabas protegiendo —dijo Ethan—. No tocas esta fundación. No tocas a una familia de este programa. Y no amenazas a una niña de diez años porque no te gusta con quién está hablando su madre.

La voz del otro lado subió, lo bastante filosa ahora como para que Bianca captara fragmentos. No la conoces. No sabes qué quiere de ti. Estoy tratando de salvarte de un error.

—Un error. —La risa de Ethan tenía un filo que Bianca todavía no le había escuchado—. La conocí hace cuatro horas, Ingrid. Tú ya decidiste que es peligrosa. Eso no es protección. Eso es control.

Lo que fuera que Ingrid dijo después lo dejó muy quieto.

—Repite eso —dijo él, callado ahora, más callado que antes, lo cual de algún modo era peor.

Bianca vio cómo la mano libre de él se cerraba en un puño a su costado y después, deliberada, visiblemente, se abría de nuevo.

—No —dijo él—. Esto no es una conversación. Esto es que te estoy diciendo que se acaba ahora mismo. —Una pausa, escuchando, los nudillos poniéndosele ligeramente blancos alrededor del teléfono—. Entonces tenemos un problema más grande de lo que pensaba.

Colgó.

El pasillo quedó en silencio salvo por el filtro de la pecera zumbando y Zoe en algún lugar detrás preguntando si el pez naranja tenía nombre.

—¿Qué dijo? —preguntó Bianca—. Al final. Antes de colgar.

Ethan no contestó de inmediato. Se quedó mirando su teléfono como si fuera a decirle algo distinto la segunda vez.

—Que me estaba protegiendo. —Su risa no tenía nada de humor—. De ti.

—De mí.

—Ella cree… —Se detuvo, se pasó una mano por la mandíbula, y Bianca lo vio elegir sus siguientes palabras con cuidado, de la forma en que se eligen los pasos sobre hielo—. Cree que me estoy involucrando con alguien que no es quien dice ser. Que hay una historia que yo no conozco.

Algo frío se movió por el pecho de Bianca.

—¿La hay? —preguntó él. En voz baja. Sin acusar. Solo preguntando, de la misma forma en que había preguntado estás bien en aquella banqueta, como si de verdad quisiera la respuesta verdadera y no la fácil.

Ella pensó en el restaurante. En la mano de Daniel en la espalda de Ingrid en algún momento de alguna otra vida que ella todavía no había vivido pero en la que aparentemente ya estaba enredada. Pensó en lo pequeña que de pronto se sentía esta ciudad, en lo rápido que se cerraban las paredes alrededor de una coincidencia que ya no se sentía como coincidencia. Una llamada telefónica y ya el suelo bajo sus pies se sentía menos firme que esta mañana.

—No conozco a tu hermana —dijo Bianca con cuidado—. Nunca la he visto. No sé por qué diría eso.

Eso era verdad. Solo que no era toda la verdad, y ella vio a Ethan notar el hueco en ella, de la misma forma en que había notado el silencio de él frente a los otros padres una hora antes. Odiaba lo fácil que la leía. Odiaba más lo mucho que quería simplemente contarle todo ahí mismo, en el pasillo, y dejar que la verdad cayera como cayera.

No lo hizo. Todavía no. Zoe seguía lo bastante cerca para escuchar, y hay cosas que una niña nunca debería tener que ver a su madre explicar.

—Está bien —dijo él, y lo dejó pasar, lo cual de algún modo se sintió peor que si hubiera insistido.

La acompañó a ella y a Zoe hasta la puerta él mismo, una mano descansando brevemente, apenas, en la espalda baja de Bianca mientras cruzaban el umbral, retirada antes de que ella pudiera decidir qué sentir al respecto. En la entrada se agachó a la altura de Zoe, igual que en la sala de reuniones, con calma y sin prisa.

—Nos vemos la próxima semana —le dijo.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo.

Zoe se adelantó saltando hacia el auto. Bianca se quedó rezagada medio paso, y Ethan se enderezó, lo bastante cerca ahora como para que ella tuviera que levantar la barbilla para sostenerle la mirada.

—Para que conste —dijo él, bajo, solo para ella—, sea lo que sea que le dé miedo a mi hermana, eso no cambia nada de mi lado.

A ella se le atoró el aliento en algún lugar donde no debía. —Todavía no lo sabes.

—Sé lo suficiente. —Sus ojos sostuvieron los de ella, firmes, sin parpadear, la misma mirada de la banqueta, salvo que ahora tenía peso detrás, ahora significaba algo más peligroso que un desconocido siendo amable—. Sé que anoche firmaste papeles de divorcio y aun así viniste aquí por tu hija a las nueve de la mañana. Sé que no me pediste que arreglara nada. Sé que eres la primera persona en más tiempo del que puedo recordar con quien de verdad quiero seguir hablando.

El corazón de Bianca dio un golpe seco, fuerte, contra sus costillas. Abrió la boca para decir algo, cualquier cosa, alguna versión de la verdad que todavía no estaba lista para entregarle.

—Ethan…

El teléfono le vibró en la mano antes de que pudiera terminar. Bajó la vista por costumbre, ya medio esperando que fuera Kemi checando cómo estaba, ya armando la mentira fácil que le mandaría de vuelta. Bien. Solo cansada. Hablamos después.

No era Kemi.

Era Daniel.

Necesitamos hablar. Ingrid me contó que estás pasando tiempo con su hermano. Cuidado, Bianca. No sabes de lo que es capaz. Yo sí.

Bianca se quedó mirando la pantalla, el nombre de Daniel, una amenaza disfrazada de preocupación viniendo del mismo hombre que le había entregado los papeles de divorcio sobre una mesa de restaurante menos de veinticuatro horas antes. Dos personas que se odiaban entre sí por sus propias razones, diciendo de pronto exactamente la misma advertencia en el mismo aliento.

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