Un suave golpe resonó cuando unos zapatos marrones y relucientes chocaron contra las baldosas. Su traje se ajustaba perfectamente a su cuerpo. Un pañuelo rojo podía verse cuidadosamente doblado en el bolsillo del pecho.
—Bienvenido a casa, amo —saludó una mujer. Frunció el ceño al no ver la expresión alegre en su rostro.
Llevaba así dos días.
Lucas le entregó el bolso.
—¿Ha venido alguien? —preguntó.
—No, amo —respondió ella.
Sin decir una palabra, subió directamente a su habitación.
Las doncel