29. Un hombre retorcido.
Lorenzo
La observaba sin emoción alguna. Su mera existencia me aburría. Llevaba años encerrada en este manicomio, y aunque había deseado verla muerta desde hace tiempo, me convenía que siguiera con vida: aún no firmaba el maldito testamento.
—¿Cuándo me entregarás todos los bienes de las empresas en Italia? —le pregunté con frialdad.
—No… nunca —musitó apenas con la voz quebrada.
—Eres una mala exesposa.
—Todavía eres mi esposo, maldito. Quieres acabar conmigo y por eso deseas que firme.
No pud