Le hizo señas a Alejandra de que se apartara y lanzó lo más suave que pudo, su bolsita improvisada del tesoro.
Como no era tan alto el piso y gracias a las plantas debajo, el ruido metálico fue amortiguado y el paquete llegó a salvo a las manos de Alejandra, que ya tenía las piernas acalambradas de tanto esperar.
— Ve, ve – Grace miraba a su alrededor a la vez que le hacía señales a su hija, de que se adelantara al estacionamiento de la casa.
La vio como se levantó con precaución y escapó co