Sentía cómo iba perdiendo la destreza en su cuerpo y toda la calentura que lo quemaba como fuego abrazador, se acumulaba en su vientre y en su pene, que se endurecía a cada segundo.
¡No podía ser, había sido drogado de verdad, esto no era ningún resfriado! ¡Tenía que ser obra de los Alonso, debían ser esos dos!
¿Quién más hubiese querido drogarlo con lo que parecía ser una estimulante sexual, porque estaba excitado como un pervertido?
Miró los cordones en la pared para llamar a las habitaciones