No habían pasado ni cuatro horas cuando tres guardaespaldas entraron al sótano. Uno de ellos sostenía un látigo largo y grueso. Lucy retrocedió aterrorizada, negando frenéticamente con la cabeza mientras el miedo brillaba en sus ojos.
—Por favor, no hagan esto. Les juro que no hice nada —suplicó.
—Lo sentimos, señora, pero solo estamos cumpliendo órdenes —respondió uno de ellos.
—Déjenme hablar con Marcus una vez más. Estoy embarazada, pero él aún no lo sabe. Si me azotan, podría perder a mi be