Olivia
El director inició la reunión, presentando la campaña y el equipo que la había desarrollado. Cuando llegó mi turno, di un paso al frente, con las piernas temblando.
—Buenos días —empecé, con una voz más firme de lo que me sentía—. Les voy a presentar nuestra estrategia de redes sociales para la nueva línea de productos.
Pasé a la primera diapositiva, concentrándome en el material tan familiar, en lugar de los ojos grises que sentía clavados en mí. A medida que hablaba, mi confianza fue creciendo, aquello era mi territorio, conocía de arriba abajo esos números, esas plataformas, esas estrategias.
A mitad de mi intervención me atreví a ver directamente a Alexander. Su expresión era inescrutable mientras me observaba, con la cabeza apenas ladeada. Sin embargo, cuando nuestras miradas se encontraron, algo pareció cambiar en su rostro.
Juraría que vi un destello de reconocimiento en esos ojos gris acero. Sus labios apenas se entreabrieron y por un instante fugaz, casi pareció genuinamente sorprendido, o quizá solo era cosa mía.
Tropecé con una palabra durante una fracción de segundo antes de seguir adelante, explicando las métricas de interacción proyectadas para Instagram. Cuando volví a mirarlo de reojo, estaba inclinado hacia uno de sus asistentes, diciéndole algo sin dejar de mirarme.
Terminé mi sección y cedí la palabra a Vivian, regresando a mi asiento con el corazón desbocado. El resto de la presentación se me hizo eterno, con la constante sensación de tener de nuevo la mirada de Alexander sobre mí, aunque me obligué a fijar los ojos en quien estuviera hablando.
Al concluir, nuestro director abrió el ciclo de preguntas y Alexander habló por primera vez.
—Hicieron un trabajo impresionante —dijo, con esa voz grave imposible de confundir—. Sobre todo en la parte de la estrategia para las redes, es un enfoque innovador.
Sentí que se me encendían las mejillas cuando varios compañeros giraron la cabeza hacia mí. El director sonrió de oreja a oreja, dándole las gracias por su asistencia y sus comentarios.
Mientras la sala empezaba a vaciarse, recogí mis notas a toda prisa, planeando una retirada estratégica. Casi había alcanzado la puerta cuando escuché su voz a mi espalda.
—Señorita Morgan, ¿verdad?
Me giré despacio y encontré a Alexander a pocos pasos, con las manos en los bolsillos. Su expresión era neutra, pero en sus ojos brillaba algo que no supe identificar.
—Sí, señor —conseguí decir—. Olivia Morgan.
Me estudió por un momento en el que me pregunté si estaba comparando a la versión profesional y compuesta que tenía delante, con la que había conocido aquella noche; la mujer del vestido negro, con el rímel corrido y el corazón hecho trizas, frente a la junior de imagen pulida que acababa de hacer una presentación.
—Ha pasado mucho tiempo —dijo al fin, lo bastante bajo como para que solo yo lo pudiera oír—. ¿Cómo está?
Parpadeé.
—¿Mucho tiempo? —la pregunta se me escapó antes de poder contenerme. ¿Tenía las conexiones neuronales cruzadas? No había pasado ni una semana desde que me llevó a casa después de la peor noche de mi vida.
Algo muy parecido a la diversión cruzó sus ojos fugazmente.
—¿Por qué no hablamos en mi despacho?
El estómago se me cayó en algún punto a la altura de los tobillos. ¿Su despacho? ¿Ese santuario en la última planta del que los ejecutivos junior hablaban en susurros y al que casi nadie tenía acceso? Antes de articular una respuesta, Nova apareció a mi lado con un montón de carpetas apretadas contra el pecho.
—Olivia, necesito que… —se quedó a medio frase, con los ojos abiertos de par en par al registrar la presencia de Alexander—. Oh, señor Carter. Lo siento, no sabía que… —dio un paso atrás como si acabara de toparse con un tigre dormido—. Continúen, esto puede esperar.
Desapareció tan deprisa que casi esperaba ver una nubecita con forma de Nova flotando en el aire.
—Está bien —accedí, de pronto me sentí muy consciente de lo seca que tenía la boca.
Mientras caminábamos hacia el ascensor, me obligué a espabilar. ¿Por qué estaba tan nerviosa? No había hecho nada malo, el hecho de que me hubiera visto en mi peor momento no cambiaba la realidad: yo había descubierto a mi novio engañándome, unos borrachos habían intentado acosarnos y Alexander se había limitado a comportarse como un ser humano decente ofreciéndonos un aventón, así que no había nada de lo que avergonzarse.
Las puertas del ascensor se cerraron con un timbre suave, dejándonos a solas en aquel espacio privado y pulcro.
Alexander pulsó el botón de la última planta y yo traté de no jugar con mis manos mientras subíamos en silencio.
—Tu presentación ha sido excelente —dijo de pronto—. Tienes un sólido dominio de la demografía en redes sociales.
—Gracias —contesté, sorprendida por el cumplido—. Es un poco… lo mío.
El ascensor se abrió con un ding, revelando una recepción que nunca había visto. A diferencia del bullicioso departamento de marketing, aquel espacio estaba en calma, con muebles minimalistas y ventanales de suelo a techo que ofrecían una vista panorámica de Puerto Dorado.
Una mujer con un moño tirante levantó la vista desde el escritorio.
—Señor Carter, su cita de las tres ha llamado para reprogramar.
—Gracias —respondió él.
Me condujo más allá de la recepción con un ligero roce en la parte baja de mi espalda que me recorrió una descarga eléctrica por toda la columna.
El despacho de Alexander parecía menos una oficina y más un apartamento de lujo sin dormitorios. Un enorme escritorio dominaba un extremo, mientras que en otro había una zona de estar con sofás de cuero. En una esquina brillaba una barra con bebidas y las vistas… Dios santo, las vistas. Puerto Dorado se extendía bajo nosotros como un mapa vivo, con el océano recortado en la distancia.
—¿Quieres beber algo? —preguntó, acercándose al bar.
—Agua está bien —me quedé de pie, sin tener claro dónde colocarme en aquel inmenso espacio.
Regresó con dos vasos y señaló los sofás. —Por favor, siéntate.
Me acomodé al borde de uno de ellos, cuidando de no hundirme demasiado en el costoso cuero.
Alexander se sentó enfrente, cruzando un tobillo sobre la rodilla contraria, la imagen misma de la autoridad relajada.
—Entonces —comenzó, dando un sorbo a su agua—, ¿cómo estás realmente?
La pregunta me tomó por sorpresa, no era la consulta profesional que había esperado.
—Estoy… bien —respondí por reflejo, antes de rectificar—. En realidad, estoy mejor de lo que pensaba. Ver a tu novio acostándose con tu amiga realmente pone las cosas en perspectiva.
La sombra de una sonrisa le rozó los labios. —Me lo imagino.
—Mire, sobre aquella noche… —empecé, decidida a enfrentar al elefante en la sala—. Le agradezco lo que hizo, pero espero que eso no afecte la forma en que me ve profesionalmente.
Alexander dejó el vaso sobre la mesa con una precisión casi estudiada. —Tu vida personal no disminuye tus capacidades profesionales, señorita Morgan. Tu trabajo habla por ti.
El alivio me recorrió de arriba abajo. —Gracias, me preocupaba…
—Sin embargo —me interrumpió, inclinándose un poco hacia delante—, hay algo de lo que sí me gustaría hablar contigo.
—¿Qué cosa? —pregunté, siguiendo una gota de condensación en el cristal con el dedo.
Alexander fijó sus ojos en los míos, intensos, sin parpadear. El silencio se estiró entre nosotros durante tres latidos completos.
—Necesito una esposa —dijo al fin, con una voz de acero envuelta en terciopelo—. Y tú vas a casarte conmigo.
Escupí el agua encima de la mesa de centro al atragantarme a medio trago.
—Perdón, ¿qué?