Olivia
Alexander subió al coche y arrancó.
—Estás muy callada —señaló mientras se incorporaba al tráfico.
—Solo estoy pensando.
—¿En qué?
—En lo jodidamente loco que es todo esto —respondí, girándome para mirarlo—. Eres mi jefe, me has ofrecido un contrato matrimonial por millones de dólares y acabamos de cenar en tu ático, donde me cocinaste…
—Mi chef cocinó para nosotros —rectificó.
—Lo que sea, el caso es que nada de esto es normal.
—Lo normal está sobrevalorado —replicó Alexander, con los oj