llevaría consigo la promesa del hombre al que amaba.
El delicado broche cedió con un chasquido seco.
La perla osciló unos segundos en mi mano mientras el resto de la joya quedaba atrapado entre mis dedos.
—Ese collar... jamás debió salir de mis manos.
Levanté la vista, consumida por la ira. Enriqueta se sujetaba el cuello con ambas manos como si acabara de degollarla. Sus ojos desbordaban horror mientras lanzaba gritos agudos que hicieron correr a las sirvientas hacia ella.
Pero nada de eso consiguió calmar la furia que rugía dentro de mí.
Tener