Todos me miraban como si hubiera intentado arrebatársela.
Ahí estaba yo, asándome como una iguana bajo los letales rayos del sol, y todo porque había preferido acompañar el recorrido mensual de las damas de la corte por los jardines del palacio antes que pasar cuatro horas junto a Valen presenciando las nuevas maniobras del ejército de Duviz.
Maldije por enésima vez el momento en que mi cobardía pudo más que el deseo de verlo.
Ni el enorme sombrero de ala ancha ni las gafas oscuras conseguían protegerme del calor abrasador que caía sobre el reino aque