Mientras menos alto me permitiera volar, menos dolorosa sería la caída.
La lluvia caía a cántaros, golpeando con fuerza los ventanales que rodeaban la pequeña biblioteca. El constante repiqueteo del agua contra el cristal volvía casi imposible concentrarse en la lectura.
Aunque, para ser sincera, tampoco era que aquellas páginas hubieran logrado despertar demasiado mi interés.
Desde el beso que había compartido con Valen, mis días se habían convertido en una auténtica carrera contra mí misma. Encontraba cualquier excusa para recorrer el palacio de un extremo a otro