Miel
Los zapatos de satén colgaban de mis manos, y cuando abrí la puerta del dormitorio y vi a Elena parada junto a la ventana, las lágrimas que yo pensé que se habían secado cayeron como tormenta por mis mejillas.
—Querida niña. —Elena sostuvo sus brazos abiertos, y como una niña pequeña, corrí hacia el consuelo que ella ofrecía—. Está bien —arrulló ella mientras yo lloraba en su hombro, con mi cuerpo estremeciéndose con cada lágrima.
Abrumada con emociones que nunca había sentido antes, lloré