Punto de vista de Elena
—Dios mío… ¿qué hora es?
Levanté la vista del documento que llevaba mirando las últimas dos horas y el estómago se me hundió al notar la luz afuera.
Luz del sol.
Luz real de la mañana entrando por las ventanas de la oficina, iluminando el desastre de papeles esparcidos sobre mi escritorio.
Agarré el teléfono y miré la hora.
Seis cuarenta y cinco de la mañana.
—No, no, no —murmuré, dejando caer la cabeza entre las manos.
—¿Qué pasa? —preguntó Damien desde el otro lado del