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# Capítulo 2: El hombre que no debía verme

El aire todavía estaba frío en mis pulmones mientras intentaba recuperar el aliento después de la intensa pelea. A mi alrededor, la multitud rugía con entusiasmo, apostando dinero y vitoreando. Sin embargo, entre toda esa algarabía, había una figura solitaria que permanecía en silencio, observándome con una calma perturbadora. Sus ojos no reflejaban la sorpresa o emoción que se veía en los demás; más bien, parecían escudriñarme con una mirada analítica, como si estuviera siendo evaluada.

Descendí del ring, sintiendo el sudor correr por mi espalda mientras Marco, con una sonrisa satisfecha, contaba el dinero de las apuestas.

—Buena pelea —dijo, entregándome un sobre abultado.

Lo guardé en mi mochila sin siquiera mirarlo. No peleo por el aplauso o el reconocimiento. Peleo porque es una cuestión de supervivencia. Mientras me dirigía a los vestidores, percibí nuevamente esa mirada intensa sobre mí. Me detuve y giré la cabeza. El hombre seguía allí, su traje negro impecablemente ajustado, el cabello oscuro perfectamente peinado, su postura emitiendo una autoridad que no pertenecía a este lugar. Era como si hubiera salido de una junta directiva en un rascacielos de cristal y acero, no de un sótano lleno de gritos y sangre. Sin embargo, allí estaba, con sus ojos fijos en mí.

Fruncí el ceño, sintiendo una incomodidad creciente.

—¿Quién es ese? —pregunté a Marco, mi voz apenas un susurro.

Marco apenas levantó la vista de su tarea antes de responder con un tono bajo y apremiante:

—No preguntes.

—Marco…

—Solo pelea y cobra.

Su respuesta no me dejaba satisfecha, pero su expresión me indicaba que no obtendría más información. Resignada, entré al vestidor y me lavé la cara, dejando que el agua fría se llevara el sudor y la adrenalina. Me estudié en el espejo: el cabello oscuro recogido en una trenza apretada, un moretón empezando a florecer en mi pómulo, el labio un poco hinchado. Nada que un poco de maquillaje no pudiera ocultar por la mañana en la universidad.

Era otra noche, otra pelea, otro secreto que mantener bien guardado.

Cuando salí del vestidor, el bullicio había disminuido, el sótano parcialmente vaciado. Pero él seguía allí. Esta vez estaba más cerca. Demasiado cerca. Nuestros ojos se encontraron y, por primera vez en la noche, sonrió. Era una sonrisa serena, segura, y cada paso que daba hacia mí parecía calculado. Una extraña alerta resonó en mi interior, similar a cuando un paciente aparenta estar estable, pero hay algo que te dice que no todo está bien.

Se detuvo frente a mí, su presencia imponente.

—Peleas bien —dijo con una voz profunda que resonó en el aire entre nosotros.

No respondí de inmediato, manteniendo mi mirada fija en la suya.

—¿Siempre vienes a observar peleas ilegales? —pregunté, cruzando los brazos frente a mí como un escudo.

Su sonrisa se ensanchó levemente, un destello de diversión en sus ojos.

—Solo cuando aparece alguien interesante.

Su comentario me hizo sentir incómoda.

—Pues hoy ya terminaste tu espectáculo —respondí, tomando mi mochila, lista para marcharme—. Buenas noches.

Intenté pasar a su lado, pero su voz me detuvo.

—Kira Valdés.

El sonido de mi nombre en sus labios me congeló. Me volví lentamente hacia él.

—¿Cómo sabes quién soy?

Sus ojos oscuros brillaban con un misterio que me inquietaba.

—Digamos que soy alguien que presta mucha atención a los estudiantes talentosos.

Un escalofrío recorrió mi columna.

—¿Eres profesor?

—No.

—¿Entonces?

El silencio se extendió entre nosotros, como si estuviera deliberando cuánto revelarme. Finalmente, habló con una calma inquietante:

—Soy uno de los principales financiadores de tu facultad de medicina.

Mi corazón latió con fuerza, un golpe seco resonando en mi pecho. Esto no podía estar sucediendo. El hombre que me había visto pelear brutalmente era un benefactor de mi universidad.

—Bueno… —dije, esforzándome por mantener la compostura—. Supongo que ahora sabe que su dinero está siendo bien utilizado.

Él dejó escapar una breve risa, como si encontrara la situación irónicamente divertida.

—Definitivamente no lo esperaba así.

Se inclinó ligeramente hacia mí, sus palabras una mezcla de admiración y desafío.

—Pero debo admitir que estoy… impresionado.

Tragué saliva, sintiendo cómo la complicación de este encuentro amenazaba con desmoronar todo por lo que había trabajado: mi beca, mi carrera, mi futuro.

—Mire —dije con firmeza, intentando establecer límites—, lo que vio aquí no tiene nada que ver con mi vida en la universidad.

—Eso ya lo sé.

Parpadeé, sorprendida por su respuesta.

—¿Qué?

—Porque si no fueras brillante… no estaría hablando contigo.

Sus palabras me dejaron perpleja.

—¿Entonces no piensa denunciarme?

Él guardó silencio unos segundos, su mirada intensa sobre mí antes de responder con tranquilidad:

—Depende.

—¿De qué?

Su mirada se tornó más penetrante.

—De si decides aceptar mi invitación a cenar.

Lo miré incrédula, sin saber si estaba siendo serio o si se trataba de una extraña broma.

—¿Está bromeando?

—No.

Mi vida acababa de volverse mucho más complicada. Y por alguna razón, tenía la sensación de que esto apenas estaba comenzando.

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