¿Enamorada Del Iceberg? 18.
Sus párpados se sintieron pesados y arenosos, eran más de las cuatro de la mañana. Bostezó para luego volver a meter el teléfono celular al bolsillo de su sudadera.
—Carajo, Noa —bufó con fastidio la morena, dando otro largo bostezo.
Dio un brinco en cuanto la luz se encendió.
—¿Pero qué demonios...? —prorrumpió la pelinegra, sorprendida sabiéndose descubierta.
—Señorita Pérez, estas no son horas de llegar —reprochó una voz conocida por Noa.
—¡Betany! —exclamó la niñera, sin saber qué hacer