Mundo de ficçãoIniciar sessãoUna sola lágrima trazó un lento camino por la mejilla de Alba mientras observaba su reflejo en el espejo del tocador.
Mireia tenía razón. Se veía diferente.
No más vieja. No menos hermosa. Solo… más apagada. La mujer de ojos brillantes que alguna vez había captado todas las miradas en conferencias internacionales de tecnología, debatiendo sobre inteligencia artificial con los mejores investigadores del mundo, había desaparecido. En su lugar había alguien que cargaba tres años de silencioso agotamiento en sus ojos color avellana, como si hubiera pasado innumerables noches esperando un amanecer que nunca llegó.
Cerró los ojos y dejó que los recuerdos la invadieran.
Tres años atrás, había estado de pie en el escenario de una de las cumbres tecnológicas más prestigiosas de España, representando a su instituto de investigación. Ese fue el día en que todo cambió: el día en que conoció a Gael Salvatierra.
El anciano presidente había asistido como invitado de honor. Durante el almuerzo, el ojo entrenado de Alba captó un pequeño residuo cristalino disolviéndose en su té. Años en el laboratorio habían agudizado sus instintos. Lo detuvo justo antes de que diera el primer sorbo. La investigación posterior confirmó que había sido un intento de envenenamiento.
Gael insistió en agradecerle personalmente. Un encuentro se convirtió en varios. La admiración creció entre ellos, cálida y genuina. Cuando supo de la negativa de Adrian a casarse después de que Mireia se marchara a Europa, el anciano tomó una decisión: quería a Alba como su nieta política. No solo porque le había salvado la vida, sino porque era brillante, bondadosa y honesta.
Cuando Adrian se resistió, Gael ofreció una solución contractual: tres años de matrimonio. Si, después de ese tiempo, Adrian aún no podía amarla, la unión terminaría de forma pacífica. Alba aceptó, diciéndose a sí misma que no era porque creyera que podría conquistar su corazón, sino porque Gael se había convertido en el abuelo que había perdido años atrás. Quería recompensar su bondad.
No había comprendido el verdadero precio.
Una semana antes de la boda, la universidad le envió el correo que había soñado durante años: su admisión al doctorado había sido aprobada para una de las becas de investigación en inteligencia artificial más competitivas de Europa. Su profesor supervisor la había llamado personalmente.
«No hay muchas oportunidades como esta, Alba», le había dicho. «En unos años podrías estar liderando tu propio equipo de investigación».
Ella había sonreído durante la llamada… y luego la rechazó en silencio.
La beca no podía posponerse indefinidamente. Tampoco un matrimonio arreglado por el patriarca de la familia empresarial más poderosa de España. Un mes después, el instituto promovió a otro científico al puesto que había sido destinado para ella. Observó cómo su sueño avanzaba sin ella, convenciéndose de que solo lo estaba posponiendo.
Tres años habían pasado más rápido de lo que imaginaba. Solo ahora se daba cuenta de que había permanecido inmóvil mientras el resto del mundo seguía adelante.
El suave clic de la puerta del dormitorio la devolvió al presente. Rápidamente se secó las lágrimas.
Adrian entró, impecablemente vestido con su traje gris carbón, con esa expresión calmada e indescifrable de siempre.
—Te dije que no me esperaras despierta —dijo mientras aflojaba su corbata.
Alba asintió en silencio. Ya no quedaba nada que decir.
En otro tiempo había creído que la paciencia y la bondad podían derretir incluso el corazón más frío. Ahora entendía la verdad: el corazón de Adrian nunca había estado congelado. Simplemente pertenecía a otra persona.
Él colocó su chaqueta sobre una silla y se pasó una mano por el cabello oscuro. Al pasar junto a ella camino al baño, una delicada fragancia floral quedó flotando en el aire: no era su colonia, sino el perfume de Mireia. Alba lo reconoció al instante.
—Podrías haberme dicho que había regresado —murmuró suavemente.
Adrian se detuvo junto a la puerta del baño. Sus miradas se encontraron en el espejo.
—¿Quieres que deje de ser amigo de ella por ti? —Su voz no sonaba enfadada ni burlona, solo práctica y directa.
Alba logró esbozar una sonrisa débil y cansada.
—Sé que no tengo ese derecho.El silencio se extendió entre ellos. Finalmente, Adrian volvió a hablar.
—Deberías acostarte temprano. Esta noche es la fiesta de bienvenida de Mireia. Tengo que estar allí.
Su aniversario. No lo había olvidado. Simplemente había elegido otra cosa… a otra persona.
—Está bien —respondió Alba en voz baja.
Recogió su largo cabello en un moño suelto y salió del dormitorio, descendiendo la escalera hacia la sala de estar. Quizá una película pudiera distraerla, pensó. No preguntó si podía asistir a la fiesta. Tres años atrás, tal vez lo habría hecho. Esta noche, ya conocía la respuesta.
Media hora después, Adrian reapareció, ahora con una chaqueta azul marino a medida sobre una camisa blanca impecable. No era un atuendo excesivamente formal, pero era evidente que había puesto cuidado en su apariencia. Alba no recordaba la última vez que él se había vestido con tanto esmero para una cena con ella.
Se sentó en silencio en la sala. La mesa del comedor permanecía perfectamente arreglada: velas encendidas, copas de cristal relucientes, sus platos favoritos cuidadosamente preparados y una botella de Burdeos edición limitada respirando junto a dos copas de vino intactas. Todo lo que había pasado horas preparando terminaría desperdiciado.
Su mirada se posó en la mesa de centro, donde descansaba un estuche de joyería de terciopelo desconocido. La curiosidad ganó. Al abrirlo, se le cortó la respiración.
Un collar antiguo de zafiros yacía en su interior, rodeado de delicados diamantes. Lo reconoció al instante: era la joya de familia de los Salvatierra. Había visto fotografías de la bisabuela, la abuela y la madre de Adrian luciendo exactamente esa pieza. Según la tradición familiar, solo pertenecía a la mujer reconocida como la verdadera señora de la casa. La esposa legítima.
Sus dedos temblaron. Cerró el estuche rápidamente y volvió a su asiento justo cuando Adrian entraba en la sala. Sin notar el dolor grabado en su rostro, él tomó el estuche y lo guardó en una bolsa de regalo.
Por un breve instante, Alba quiso preguntar: ¿Es para Mireia? Las palabras subieron por su garganta y murieron allí. Ya conocía la respuesta.
—Buenas noches, Alba —dijo él en voz baja mientras se dirigía a la puerta principal.
Momentos después, la mansión volvió a quedar en silencio. Alba permaneció sentada mucho tiempo después de que el sonido del auto se perdiera en la distancia.
Alcanzó el control remoto, con la intención de ahogar el silencio con la televisión sin sentido. Antes de que pudiera encenderla, su teléfono vibró.
Lo miró distraídamente y se quedó helada al ver el remitente.
Instituto de Investigación Avanzada en Intelig Artificial
Con dedos temblorosos, abrió el correo.
Estimada Sra. Montoro,
Siguiendo su solicitud anterior, nos complace informarle que su admisión diferida al doctorado ha vuelto a estar disponible. Si desea reanudar sus estudios doctorales, su plaza puede reactivarse. Por favor, confirme su decisión en los próximos catorce días.
Alba leyó el mensaje una y otra vez. Las palabras se volvieron borrosas mientras nuevas lágrimas llenaban sus ojos.
Tres años atrás había creído que estaba eligiendo el amor. Ahora, la vida le devolvía en silencio el futuro que había abandonado.
El futuro que pensó que había enterrado…
había estado esperándola todo este tiempo.






