Alba siempre había sido madrugadora.Durante tres largos años, se despertó antes del amanecer sin necesidad de alarma. Cada mañana, a las cinco en punto, el rico aroma del café recién hecho inundaba la Mansión Salvatierra, seguido poco después por el olor del desayuno favorito de Adrián. Se había convertido en una silenciosa rutina, parte natural de ser la señora Salvatierra.Pero aquella mañana era diferente.Mientras los suaves rayos dorados del sol atravesaban las pesadas cortinas y acariciaban su rostro, Alba permanecía inmóvil en la cama. Miraba fijamente el techo, con el cuerpo vencido por un agotamiento que iba mucho más allá de la falta de sueño.Por primera vez en tres años, no quería levantarse. No quería preparar café, ni hacer el desayuno, ni pasar otro día fingiendo que todo estaba bien.Sintió un dolor opresivo en el pecho.«Solo veintiocho días más», se recordó. Pronto se marcharía.Con un suspiro silencioso, se incorporó y tomó el portátil que descansaba sobre su mesit
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