Mundo de ficçãoIniciar sessãoAlba siempre había sido madrugadora.
Durante tres largos años, se despertó antes del amanecer sin necesidad de alarma. Cada mañana, a las cinco en punto, el rico aroma del café recién hecho inundaba la Mansión Salvatierra, seguido poco después por el olor del desayuno favorito de Adrián. Se había convertido en una silenciosa rutina, parte natural de ser la señora Salvatierra.
Pero aquella mañana era diferente.
Mientras los suaves rayos dorados del sol atravesaban las pesadas cortinas y acariciaban su rostro, Alba permanecía inmóvil en la cama. Miraba fijamente el techo, con el cuerpo vencido por un agotamiento que iba mucho más allá de la falta de sueño.
Por primera vez en tres años, no quería levantarse. No quería preparar café, ni hacer el desayuno, ni pasar otro día fingiendo que todo estaba bien.
Sintió un dolor opresivo en el pecho.
«Solo veintiocho días más», se recordó. Pronto se marcharía.
Con un suspiro silencioso, se incorporó y tomó el portátil que descansaba sobre su mesita de noche. La pantalla seguía abierta desde la noche anterior. Había pasado horas respondiendo correos electrónicos que había ignorado durante años: invitaciones a conferencias, propuestas de investigación, notificaciones sobre patentes y solicitudes para impartir ponencias en universidades de todo el mundo.
La vida que había abandonado… había estado esperándola en silencio todo ese tiempo.
Sus dedos se detuvieron sobre un mensaje sin terminar antes de pulsar finalmente “Enviar”.
Profesor Anderson:
Le pido disculpas por haber desaparecido sin dar ninguna explicación. Me vi envuelta en un… pequeño asunto. Pero ahora estoy lista. Si aún está dispuesto a recibirme, allí estaré.Un pequeño asunto.
Las comisuras de sus labios se curvaron en una sonrisa amarga.
Tres años de matrimonio. Tres años sacrificando sus sueños por una familia que nunca llegó a sentir como propia.
Si eso no era ironía… ¿qué lo era?
Alba cerró el portátil y lo dejó a un lado.
Un suave gemido llegó desde el exterior de su dormitorio. Recordó entonces que Mireia se había quedado a pasar la noche después de “lastimarse” el tobillo.
Sacó el diario de cuero que escondía bajo la almohada y añadió una nueva línea:
Cuenta regresiva para el divorcio — Quedan 28 días.
Cerró el diario con llave, lo guardó y, por fin, salió de la habitación.
En cuanto puso un pie en la cocina, se quedó inmóvil.
Adrián ya estaba allí.
Vestía únicamente unos pantalones deportivos grises y una camiseta de tirantes blanca que se ajustaba a sus anchos hombros. Frente a la cocina, daba la vuelta a unos panqueques con una habilidad sorprendente.
—Buenos días, Alba —dijo él con calma, sin siquiera girarse.
—Buenos días, Adrián.
Su intercambio fue tan educado y distante como siempre. Alba observó cómo vertía más masa en la sartén.
Así que… sí sabía cocinar.
Durante tres años había creído que simplemente no sabía hacerlo. La verdad era mucho más sencilla: nunca había querido cocinar para ella.
Aquella revelación le dolió más de lo que esperaba.
Sin mirarlo, murmuró:
—Ya te preparé la ropa para hoy. El pantalón azul marino, la camisa color crema y los zapatos marrones.
Adrián giró ligeramente la cabeza.
—Ah… Pero hoy no iré a la oficina.
Alba estuvo a punto de atragantarse.
¿Adrián faltando al trabajo? En tres años, no recordaba que hubiera sucedido ni una sola vez.
—Mireia dice que todavía le duele el tobillo —explicó él con naturalidad—. Me quedaré en casa para cuidar de ella.
Por un instante, todo dentro de Alba quedó sumido en un doloroso silencio.
—Oh… —fue lo único que logró decir.
Se dio media vuelta y regresó a su dormitorio. Cerró la puerta con suavidad y se dejó caer en el borde de la cama.
Su teléfono vibró. Una vez. Y otra más.
El primer titular le hundió el corazón:
“El magnate empresarial y CEO de Salvatierra Technologies desata rumores de reconciliación con su primer amor.”
La fotografía mostraba a Adrián sonriendo junto a Mireia, radiante. Al fondo, la cámara había captado a Alba entrando al hotel: pálida, cansada, casi como un fantasma.
Los comentarios eran crueles.
“Son la pareja perfecta.”
“Eso sí es una pareja poderosa.”“La esposa siempre parece tan deprimida. No pega para nada con él.”Alba bloqueó la pantalla y dejó el teléfono boca abajo.
Unos suaves golpes sonaron en la puerta. Era Mireia, sonriendo con entusiasmo. No quedaba rastro de la cojera.
—¡Oh! No sabía que estabas descansando —rió con ligereza, levantando una taza de té—. Adrián me preparó el desayuno. Pensé que quizá te apetecería un poco.
El énfasis en “me” no pasó desapercibido.
—Estoy bien, gracias —respondió Alba con una sonrisa educada.
Mireia no parecía tener prisa por marcharse.
—¿Sabes? Adrián quería ser chef cuando éramos jóvenes —comentó con nostalgia—. Fui yo quien lo animó a soñar en grande. Éramos la pareja perfecta… «AdMie». Tan adorables.
Después de aquello, se dio la vuelta y se marchó tarareando alegremente.
Alba apoyó la espalda contra la puerta cerrada, dejando que el peso de todo se asentara sobre su corazón.
Entonces, su teléfono vibró de nuevo. Esta vez era su correo.
Invitaciones. Propuestas. Aprobaciones de patentes. El mundo al que una vez perteneció nunca la había olvidado.
Un cálido sentimiento comenzó a extenderse por su pecho.
—Quizá… —susurró, mirando la lujosa habitación que nunca sintió como un hogar—, ha llegado la hora de volver.
En ese preciso instante apareció un nuevo correo.
El profesor Anderson ha solicitado una videollamada para hablar sobre su regreso. Mañana por la mañana.
Por primera vez en años, Alba sonrió. Una sonrisa auténtica.







