AMARA
Sus palabras golpearon como una bofetada y quedé aturdida hasta los huesos. La bilis me subió por la garganta rápido pero todo lo que podía hacer era mirar fijamente.
Aegon se movió a mi lado. “Tío, no puedes decir eso.”
“Puedo,” el hombre respondió sin dudar. “Porque es verdad.”
“No lo es.”
La palabra se escapó antes de que pudiera detenerla. Ambos hombres se giraron hacia mí a la vez. El tío de Aegon me lanzó una mirada. No se molestó en contener el desprecio en absoluto.
Apreté los puñ