CAPÍTULO 3

El aroma a pólvora se extiende en el aire denso y en penumbras. Elena siente una presión enorme cuando la mano grande y áspera le cubre la boca, frenando su grito a punto de estallar.

En la oscuridad total, un gemido de dolor se escucha desde el suelo, mezclado con el ruido de objetos que se rompen en el desorden.

"Quédate detrás de mí, Elena", sisea la voz de Mateo, muy conocida para ella, susurrando justo a su oído.

El cuerpo firme del escolta se coloca como un escudo frente a Elena. El destello de una luz a lo largo de la ventana deja ver la silueta de Mateo sosteniendo una pistola automática, listo en medio del peligro.

La lámpara del techo parpadea dos veces antes de encenderse de nuevo.

Elena respira con dificultad y su pecho suba y baja con fuerza. Su mirada recorre la habitación. Rafael permanece en una esquina de la mesa, sujetándose el brazo lastimado por el roce de la bala con un gesto de molestia. Mientras tanto, Inigo está en el suelo cerca de la puerta, sobándose la mandíbula golpeada.

"¡Quién disparó, imbécil!", exclama Inigo, levantándose mientras mira a Mateo con los ojos rojos de rabia.

Mateo no baja el arma ni un segundo y revisa cada rincón del lugar. "Un tirador desde fuera del recinto. Alguien no quiere que esa carta se lea más".

"¡O alguno de ustedes que provocó este desastre a propósito!", interrumpe Rafael con frialdad. El doctor toma un paño de la mesa para limpiarse la sangre que le corre por el brazo, fijando la mirada en Mateo e Inigo por turnos.

Elena camina rápido hacia el escritorio, pero sus ojos se abren de par en par. La carta ensangrentada y la caja de terciopelo negro desaparecieron sin dejar rastro en medio del desorden.

"¡La carta no está!", grita Elena, apretando el borde frío de la mesa.

"Te lo dije, Elena...", Dante Alvares aparece de repente en el marco de la puerta dañada. El hombre permanece tranquilo con las manos en los bolsillos del pantalón, como si no le afectara el olor a pólvora y sangre del lugar. "Jugar con muchos hombres solo hará que lo pierdas todo".

Dante avanza, mirando a Rafael, Mateo e Inigo con una sonrisa de burla. Se detiene justo frente a Elena, recortando la distancia sin importar que los otros tres hombres se pongan rígidos.

"Ven conmigo ahora. Este lugar ya no es seguro", susurra Dante con suavidad, estirando la mano para tomar la cintura de Elena con un movimiento protector y dominante.

Antes de que Elena responda, Rafael se interpone y le quita la mano a Dante con brusquedad. "¡No la toques con las manos sucias de tus negocios ilegales, Alvares!".

"¡Cuida tu boca, Doctor!", sisea Dante, apretando la mandíbula mientras cruza miradas con Rafael.

La tensión en la habitación sube de golpe. Mateo da un paso al frente para ponerse entre ellos, mientras Inigo se ríe con sarcasmo apoyado en un mueble inclinado.

"Qué curioso", murmura Inigo entre risas, con los ojos brillando con fuerza. "Todos actúan como si tuvieran el derecho sobre Elena, cuando todos sabemos que cualquiera de nosotros tenía motivos para matar a su padre".

Las palabras de Inigo dejan a todos en silencio. Elena contiene el aliento, mirando a los cuatro hombres a su alrededor uno por uno. El deseo, el peligro y el misterio se mezclan en su pecho.

El teléfono en el bolsillo del vestido de Elena vibra con fuerza, rompiendo esa tensión.

Con los dedos temblando, Elena saca el teléfono y ve que un número desconocido le envió una foto.

Al encenderse la pantalla, Elena abre los ojos por completo. La imagen muestra una toma de una cámara oculta de su habitación privada en la villa, tomada hace solo diez minutos.

En la foto, un hombre alto vestido totalmente de negro apunta con una pistola directamente a la cabeza de una mujer de mediana edad atada a una silla.

Debajo de la foto, hay un mensaje corto:

"Elige a un hombre para que te acompañe a tu habitación ahora, Elena. Los otros tres deben morir en diez segundos... o tu madre muere".

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