5

Manuela

Me sentí más tranquila cuando finalmente llegamos a la casa de Mario, que ya desde afuera me impresionó. Si era verdad que había legalizado su negocio, lo estaba haciendo muy bien, mucho mejor de lo que se habría esperado de quien fue el vago del colegio. Cuando entramos, quedé todavía más sorprendida. Era el sueño de un soltero. Dos plantas abiertas, a las que entraba luz natural por los enormes ventanales que las rodeaban, mobiliario de lujo, arte costoso y de muy buena elección, una enorme pantalla de televisión con un sistema de sonido sofisticado y todo perfectamente limpio, tanto que sentí vergüenza de que Gabriela pudiera causar algún desastre en ese pequeño palacio de limpieza y ostentación. 

Miré a Mario y no pude evitar sentir que necesitaba que me reiterara que estaba dispuesto a ayudarnos, al menos hasta que mi hermano tuviera la bondad de devolverme la llamada.

—¿Estás seguro de que podemos quedarnos aquí? —pregunté.

—Por supuesto que pueden quedarse, conejita. Ya te lo he dicho. Siéntanse como en su casa.

No dejaba de sorprenderme la amabilidad de Mario. Había cambiado mucho desde la última vez que nos vimos, en el día que ahora consideraba el peor de mi vida. Aunque me seguía llamando conejita, y había visto cómo me miraba los senos, aún más grandes y abultados por la maternidad, parecía distinto, mucho más amable, servicial y hasta empático que lo que había sido durante la secundaria, y hasta el día de la boda, en que casi se fue a los puños con Andrés.

—No molestaremos mucho. Solo nos quedaremos hasta que Nelson llame.

Lo veo asentir al tiempo que se dirige a las escaleras y vuelve a ofrecerme lo que sea que necesite, pero de momento solo requiero un momento para atender a Gabriela. Mis pezones han comenzado a endurecerse, lo que significa que ya va siendo hora de amamantar, por lo que agradezco en silencio que Mario suba y se dedique a sus asuntos. Tomo a Gabriela y encuentro un espacio, en la sala, donde puedo desabrochar la blusa y acercarla para que coma. De vez en cuando observo hacia arriba con temor a que Mario pudiera estar fisgoneando, pero no lo veo y en cambio escucho que ha encendido una ducha. Eso me tranquiliza y doy de comer a Gabriela con tranquilidad.       

Mientras lo hace, intento pensar en lo que haré en los próximos días. Confío en que mi hermano me regrese la llamada, le explique lo que ha sucedido y me proteja de Andrés, porque estoy segura de que no solo me buscará, sino que intentará quitarme a Gabriela. Necesito a Nelson con urgencia. 

Veo que Gabriela ya se ha llenado y queda dormida sobre mi pecho. Arriba, escucho que la ducha ya se ha apagado y me apresuro a abotonarme la blusa y acomodar a la bebé para que duerma tranquila y segura, así que le arma una cuna improvisada con los cojines de la sala, que espero no vayan a ensuciarse mientras ella duerme. No tardo en escuchar a Mario bajar por la escalera. Me giro y lo veo con una camisa ajustada que marca todos los músculos de su torso. Pasa de largo con la suavidad de un gato salvaje que estuviera rondando a su presa y oigo que ha abierto una alacena de la cocina, de la que ha sacado dos vasos. Luego suena la bebida que vierte y unos segundos después se acerca y me ofrece lo que he percibido como whisky. Andrés me tenía prohibido beber alcohol y después de lo que ha pasado ese día me muero de ganas por probarlo. El licor me quema la garganta, pero es agradable.

Mario se ha sentado enfrente y me mira a los ojos mientras también bebe. No tarda en incomodarme.

—¿Qué ocurre? —pregunto.

Sus ojos bajan una milésima de segundo a mi pecho antes de volver a encontrarse con los míos. 

—¿Estás de verdad decidida a dejarlo?

Me incomoda su pregunta, pero siento que tiene derecho a saber si mi decisión es auténtica, total, también está tomando sus riesgos al protegerme. 

—Lo es —digo sin dilación—. Después de lo que he hecho, estoy segura de que querrá matarme. Y no voy a permitir que Gabriela crezca con él como su padre. 

De pronto se levanta, deja el vaso en la mesa y se acerca a mí más de lo decente. Eso me incomoda mucho más e intento apartarme, pero él lanza su mano hacia mi barbilla antes de que pueda retirarla. La toma con delicadeza y observa mi rostro fijamente.

—Es un maldito desgraciado —dice mientras repasa mi cara—. Yo jamás te golpearía, conejita. 

—Él no… —respondo con lo que ya me he acostumbrado a decir a otros cuando se dan cuenta de que mi maquillaje no es suficiente para cubrir lo que Andrés ha hecho, pero de inmediato me doy cuenta de que es absurdo negárselo a Mario—. Quiero decir, lo es. Lo odio y jamás volveré con él. Solo no… no se lo vayas a decir a Nelson. Por favor. Lo haré yo, cuando lo considere conveniente. 

Veo que sonríe con malicia y, por ese instante, vuelve a ser el chico malo y rudo de la secundaria. Me estremezco.

—¿Qué estarías dispuesta a dar a cambio de mi silencio, conejita?

Paso saliva.

—No sé me ocurre qué pueda darte. Por qué no me dices lo que quieres —digo con firmeza, aunque estoy hecha una mata de nervios.

—Tú sabes muy bien qué es lo que deseo. Quiero cojerte, y hacerlo duro.

Sonrío, pero de puros nervios. 

—¿Qué? ¿Estás loco? Bromeas, ¿cierto?

Me mira directo a los ojos y, en efecto, ha vuelto a ser el Mario que conocía, el de la secundaria y el del día de la boda.

—¿Te parece que estoy bromeando, conejita? 

Adopto la posición de indignada, porque lo estoy, aunque en realidad lo que estoy es asustada.

—¿De eso se trata todo esto? ¿En verdad estás pensando en chantajearme por sexo? —sostengo su mirada, confiada en que con eso sea suficiente para que vea mi determinación— ¿Fue por eso que me ayudaste y me ofreciste tu casa? ¿Para llegar a algo tan bajo?

Se burla, el muy cretino se burla.

—¿Para llegar bajo? Sí, es lo que quiero. Llegar abajo.

Mis ojos no se despegan de los suyos. Fui una tonta al creer que sí había cambiado, que sí era posible que hubiera legalizado su negocio y fuera un hombre distinto, dispuesto a ayudar de forma desinteresada a una mujer que ha sido violentada por su marido y ahora huye, con su hija de brazos. Pero no, sigue siendo el mismo Mario de siempre. El mismo truhán. La misma escoria.

—Eres un miserable, Mario. Un maldito miserable. 

Se ríe pese a que mis palabras estuvieron cargadas de auténtico sufrimiento y mi bebé está cerca, dormida entre los cojines con los que le improvisé una cuna.

—¿Qué estás esperando, conejita, para darme por fin ese coño tuyo? ¿O tengo que ser yo quien te obligue a dármelo?

Estoy segura de que, si mi hermano se entera que Andrés me ha estado golpeando y es una amenaza real para Gabriela, irá a matarlo, sin pensárselo dos veces, y hasta sería capaz de ir y matar a los padres de Andrés para que tampoco tengan la oportunidad de pelear por la custodia de Gaby, lo que lo llevaría, sí o sí, a la cárcel, de manera perpetua, así que debo hacer lo posible para que Nelson no sepa lo que me ha hecho Andrés, al menos no hasta que esté segura de no va a actuar impulsivamente, así que, si el precio de la libertad de mi hermano es una revolcada con Mario, que así sea.

Me levanto y me quito el pantalón con desgana.

—Si eso es lo que quieres por tu silencio, adelante, fóllame, pero quiero que sepas que no lo voy a disfrutar ni un poco. Es más, tan pronto termines, lo que sé que será en cinco minutos, tomaré a mi hija y nos largamos de aquí, así eso implique que debamos dormir en la calle. 

—Nena, no sabes cómo me pone verte así, furiosa y amenazante.

Me toma del brazo y me gira enseguida, obligándome a estar arrodillada sobre el sofá. Escucho que se baja los pantalones y un segundo después apoya la punta de su pene contra mi entrada, que reacciona muy distinto a lo que yo esperaba, humedeciéndose. 

—Te odio, Mario. Te odio por lo que vas a hacer.

Se ríe.

—Ódiame, conejita, ódiame todo lo que quieras mientras tienes mi polla dentro.

Sin más preámbulo, me atraviesa.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP