Ryan apretó el volante con fuerza, con los nudillos blancos, mientras presionaba más el acelerador.
Tenía la mandíbula apretada y una serie de maldiciones escapó de sus labios. —No puedo creerlo —murmuró entre dientes—. Todo este tiempo… confié en ella. Jamás habría pensado que era una víbora escondida en la hierba.
Kate estaba sentada en silencio en el asiento del copiloto, con las manos recogidas en el regazo, observándolo de reojo.
Todavía no quería decir nada. Que se revolviera en sus propi