Cuando Camelia despertó esa madrugada, se sorprendió de ver la lámpara de la habitación contigua, encendida. Abrió y por poco no le da un infarto, al ver la silueta de la mujer tendida en la cama.
—¡Santo Dios! —exclamó y Violeta despertó aturdida aún.— Eres tu, Violeta ¿Cuándo llegaste?
Violeta se frotó los ojos y dejó escapar un bostezo, llevaba un par de horas que apenas concilió el sueño.
—Buenos días, Camelia. ¿Qué hora es?
—Es temprano aún, apenas van a ser las cinco de la mañana.