El ogro Norton seguramente se dio cuenta en el momento en que me quedé sin palabras, además era inaudito su propuesta, no solo porque habíamos tenido sexo salvaje en la sala de conferencias, sino porque había intentado soborname y chantajearme con una información que obtuvo sobre mi estado financiero.
Malditos riquillos, creen poder tener todo y que todos estén a sus pies.
—No lo acepto, señor Norton —lo encaré, alzando el mentón.
Cuando su ceño se frunció, no esperé nada más de su parte y sal