Capítulo 158 —La danza de las sombras
El aire en el calabozo, saturado de humedad y siglos de encierro, se había transformado. Ya no olía a piedra fría ni a hierro oxidado; ahora vibraba con el aroma del deseo y el calor sofocante de la pasión licántropa.
Con un movimiento casi coreografiado, él la obligó a separar las piernas, una invasión sutil pero absoluta. Cuando la penetró, lo hizo con la urgencia de quien ha estado conteniendo un grito durante décadas. Aurora soltó un jadeo que se perdió