El rugido volvió a retumbar, más fuerte, más cercano.
Las paredes de roca vibraron, y las cadenas de la celda tintinearon como huesos chocando en la oscuridad.
Lyra apretó la mano de la omega, que temblaba como una hoja.
El calor que emanaba de la chica era imposible de ignorar, como si una brasa ardiera bajo su piel.
Detrás de Lyra, las alarmas del complejo comenzaron a sonar: un ulular metálico, repetitivo, acompañado por luces rojas que inundaron los túneles subterráneos.
—¡Código Carmesí! ¡C