SOPHIA VON MUNTEAN.
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El rostro ofuscado de Dorían no me da buena espina, la tensión en su mandíbula marca el ritmo de una preocupación que lleva siglos sin mostrar. Entro a la oficina en cuanto Aleph sale; el aire aún vibra con la energía eléctrica de su discusión.
—Dorian —hablo en un hilo de voz que es suficiente para que él la escuche. El silencio en la habitación es denso, pesado como el plomo—. ¿Ocurre algo vida mía?
—No —responde con intención de hacer a un lado