Capítulo 208. Un amor que nunca se apagara
Anaís no pudo evitar el estremecimiento de su cuerpo ante el contacto de las manos de Diego sobre su piel, se sentía como en una especie de burbuja flotando, él delineó su rostro, acariciándolo muy cerca, aunque sin tocarlo, su leve contacto creaba como una especie de campo magnético, haciendo erizar su piel.
—¡Eres hermosa! Eres lo que siempre esperé, eres mi otra mitad, mi luz en las noches oscuras, mi oasis en el desierto, mi abrigo en las noches frías, mi agua fresca cuando estoy sediento,