Capítulo 7: ¿Aceptas o no?
La luz del sol inundó la habitación y Daisy despertó con el cuerpo pesado y el alma fracturada. Al ver su vestido lavanda en el suelo, sintió que una oleada de vergüenza la asfixiaba.
Se cubrió con las sábanas de satén negro, sintiendo aún el rastro del perfume de Cassian en su piel.
«Sucedió», pensó, y su mente la traicionó de inmediato.
Esperaba despertar con asco.
En lugar de eso, su cuerpo recordaba. Recordaba el peso de él, el calor de su boca, la forma en que sus caderas se habían movido para encontrarse con las suyas. Se odió por ello. Se odió con todas sus fuerzas. Pero no pudo borrar la imagen.
El sonido del agua se detuvo y la puerta se abrió, Cassian salió, envuelto en una toalla. Daisy lo observó, atrapada en esa fascinación involuntaria; viendo las gotas de agua deslizarse por su torso esculpido y sus brazos. Ella recordó cómo la fuerza de esos mismos brazos la rodearon horas antes.
—Tómate la medicina —ordenó él, señalando la cajita en la mesita de noche—. Lo que menos necesito es que quedes embarazada.
Sus palabras fueron un balde de agua fría para su pequeña excitación. Daisy miró la pequeña caja de anticonceptivos en la mesa de noche y el espasmo de vergüenza la inundó, aun así, sus dedos temblaron al tomar la pastilla. Porque el silencio de Cassian intimidante; la observaba como si pudiera leer cada uno de sus pensamientos impuros.
—Vístete —añadió después, mientras se dirigía al vestidor—. Tenemos que hablar.
Poco después, Daisy bajó las escaleras usando un vestido sencillo pero costoso que encontró en el armario. El dolor en su zona íntima era un recordatorio constante de su entrega, pero lo ignoró, al entrar al comedor, lo encontró sentado a la cabecera, impecable en un traje gris que resaltaba sus ojos.
Ella tomó asiento en el extremo opuesto, sintiéndose como una intrusa en su propio cuerpo.
—¿De qué tenemos que hablar? —preguntó, tratando de que su voz no flaqueara—. Tengo que ir al hospital. Mi madre... el trasplante es hoy.
Cassian dejó su cubierto con una lentitud que hizo que a Daisy le diera un vuelco el corazón.
—Tu madre estará bien —afirmó, fijando su mirada en ella—. Pero que siga estando bien... eso depende enteramente de ti.
Daisy dejó caer la servilleta, palideciendo.
—¿De qué estás hablando? —Su voz subió de tono por los nervios—. Se suponía que si yo... que si pasaba la noche contigo, ella estaría a salvo. Ese era el trato.
Se sentía humillada al recordarlo en voz alta, tanto que las mejillas le ardieron de vergüenza, entonces Cassian se levantó lentamente y cada uno de sus pasos hacia ella parecía acortar el oxígeno en la habitación, Daisy se encogió en la silla, asustada por la intensidad que emanaba de él. Cuando llegó a su lado, no se detuvo, sino que la tomó de la cintura con una firmeza dominante y la obligó a ponerse de pie, atrayéndola hacia su cuerpo, mientras sus manos rodeaban su pequeña cintura.
—El trasplante es solo el inicio, Daisy —le susurró cerca del oído, haciendo que ella cerrara los ojos ante el contacto—. El post-operatorio, los medicamentos de por vida, la seguridad de que nunca le falte nada... todo eso tiene un precio más alto que una sola noche.
Daisy tembló, atrapada entre su pecho y sus manos.
Estaba aterrada, sí, pero su cuerpo traidor buscaba el calor de Cassian, entonces él bajó la mirada a sus labios y la tentación estaba ahí, su parte vulnerable, la que había salido anoche, le exigía que la besara. Pero no lo hizo. Lo que había pasado entre ellos, había sido cosa de una sola vez.
Volver a tener sexo con ella no estaba en sus planes. Así que con una sonrisa enigmática, la soltó lo justo para que ella pudiera respirar.
—Ahora, come —sentenció—. Después hablaremos de tu nueva vida.
Daisy volvió a sentarse y bajó la mirada al plato, dándose cuenta de que la operación de su madre no era el final de su pesadilla, sino el comienzo de su cautiverio en los brazos del hombre que acababa de descubrir su mayor debilidad.
El silencio en el comedor se volvió denso, casi sólido.
Ella terminó de comer bajo la vigilancia de Cassian, quien se había recostado en su silla y encendido un puro. Él exhalaba nubes de humo gris, observándola con una fijeza que la hacía sentir desnuda.
—Ya terminé —soltó ella, apartando el plato—. Quiero ver a mi madre. El trato está hecho, Cassian. Ya tuviste lo que querías... ahora déjame irme.
Él no respondió.
Dejó el puro en el cenicero y se giró lentamente hacia ella. Daisy sintió un escalofrío que no nació del miedo, sino de una chispa eléctrica que recorrió su columna. Había algo en esa mirada que la hacía sentir el centro de su universo, un sentimiento que le resultaba peligroso y adictivo a la vez.
—Quiero que trabajes para mí —dijo él.
Daisy parpadeó, completamente descolocada, con la sorpresa grabada en el rostro.
—¿Trabajar para usted?
—Así es —dijo Cassian, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón para ocultar su propia tensión por ella—. Quiero que seas mi secretaria personal. Que te encargues de todos y cada uno de mis asuntos relevantes y que estés a mi lado, día y noche.
Daisy, lejos de emocionarse, se tensó. Sus instintos, agudizados por la tragedia de su vida, le gritaban que esa oferta era un caballo de Troya.
Porque nadie como Cassian Roth regalaba un puesto así por caridad.
—Y... —agregó ella, sabiendo que había un "y" oculto tras esa propuesta.
Cassian sonrió.
Fue una sonrisa genuina que hizo que se formaran dos hoyuelos en sus mejillas y el efecto fue devastador, porque en el estómago de Daisy volaron mariposas que ella intentó aplastar con lógica, pero su corazón traidor dio un vuelco.
—Me gusta que seas perspicaz —dijo observándola con renovado interés—. Eso es bueno para lo que sigue.
La curiosidad y los nervios se apoderaron de ella.
«¿Por qué no iba al grano? ¿Qué quería realmente de una chica de veinte años sin experiencia?»
Cassian pareció leer su impaciencia y acortando la distancia, acunó su mejilla con una suavidad que la desarmó. Sus ojos verdes se encontraron con los grises de él, y luego, la mirada de Cassian descendió con hambre hacia sus pechos, los mismos que hasta hace unas horas habían estado bajo su boca.
Daisy pudo ver cómo él tragaba saliva, víctima de un deseo que parecía luchar por salir de control. Pero de repente, se apartó y se giró, tomó una carpeta y la puso delante de ella.
—Quiero que seduzcas a un hombre en específico.
El impacto de sus palabras la dejó en shock, tanto que sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
—¿Sedu... seducir a un hombre?
Cassian no respondió, pero ya no había rastro de amabilidad en él.
—Lo que acabas de escuchar.
Daisy sintió un nudo en la garganta.
—¿Está bromeando, verdad?
—No, eso es lo que quiero, dulce Daisy. Tienes todos los atributos que él busca. Eres exactamente el tipo de mujer que le gusta, solo te hace falta ser más... complaciente, pero tranquila, de eso me encargo yo.
Daisy sintió que estaba en una pesadilla. Quería despertar en su vida miserable de antes, en su habitación pequeña, en cualquier lugar que no fuera frente a este diablo elegante y vestido de Armani.
—Está demente —escupió con indignación—. No soy una prostituta. Lo que pasó anoche...
—Por favor, Daisy —lo cortó él con frialdad—. No te estoy pidiendo que lo mates, solo que lo enamores, que lo conquistes... que lo tengas comiendo de tu mano, que te hagas indispensable para él.
Ella bufó, soltando una risa amarga y nerviosa.
—¿Yo? ¡¿Es que no se dio cuenta?! ¡Era virgen hasta hace unas horas! ¿Cómo diablos voy a saber cómo...?
—Yo te enseñaré —intervino él, acercándose de nuevo con paso depredador—. Te haré una mujer que ponga a cualquier hombre a sus pies. Solo tienes que hacer lo que te diga y cuando te lo diga.
Daisy se quedó callada, mirando al vacío. Todo en su postura indicaba que él hablaba en serio, que él no buscaba una empleada, buscaba un arma, y ella era el calibre perfecto.
—Estás loco.
Cassian no se inmutó, hizo una mueca de indiferencia y miró su reloj.
—Necesito tu respuesta. El riñón de tu madre… espera mi llamada.
Los labios de Daisy temblaron. De impotencia. De dolor. De rabia. Porque siempre su vida había estado condicionada a las decisiones de otros. Porque siempre usaban su punto débil en su contra.
—Supongamos que lo hago… ¿Qué gano yo? —preguntó ella con la voz rota de dolor.
Cassian suspiró hondo, como si la respuesta fuera obvia.
—Dinero... ¿no es eso lo que nos aligera la vida? Te daré mucho dinero, aparte de la operación y el coste del tratamiento de tu madre. Y como hoy estoy caritativo, te daré además una casa. Donde tú quieras. Tú solo di el lugar y es tuya.
Daisy seguía sin poder creerlo. El precio por su alma seguía subiendo, pero… ¿debería venderla?
—¿Por qué hace esto? ¿Qué es lo que gana usted con todo este teatro?
La expresión de Cassian cambió, sus facciones se volvieron duras, tensas, una máscara de piedra que ocultaba demonios y secretos.
—No es tu problema —respondió fríamente—. Mis razones son mías. Ahora dime... ¿aceptas o no?