Mundo ficciónIniciar sesiónCapítulo 6: Tu madre será operada mañana.
La lengua de Cassian la rozó primero con una lentitud tortuosa, recorriendo toda la longitud de su sexo empapado desde abajo hacia arriba, saboreándola como si fuera el néctar más dulce y prohibido. Daisy se arqueó violentamente con un jadeo entrecortado, las manos volando hacia las sábanas para aferrarse con desesperación.
Era demasiado suave. Demasiado caliente. Demasiado bueno.
Cada lamida era deliberada y profunda, exploratoria, como si estuviera memorizando cada pliegue hinchado y cada gota de su excitación. Rodeó su clítoris con la punta de la lengua en círculos perezosos y provocadores, negándole la presión que ya empezaba a necesitar, solo torturándola hasta que el pequeño nudo de nervios se hinchó, palpitante y enrojecido bajo su atención implacable.
Entonces ella gimió. Un sonido pequeño, sorprendido y vergonzosamente necesitado se le escapó sin permiso. Cassian gruñó contra su carne caliente, y la vibración de ese sonido reverberó directamente en su clítoris, encendiendo cada terminación nerviosa de su cuerpo como una chispa en gasolina.
Sus manos grandes se clavaron en los muslos suaves de ella, abriéndola obscenamente más, y en ese momento cambió el ritmo.
Ahora era pura hambre.
Lamió con fuerza, devorándola sin piedad, succionando el clítoris hinchado entre sus labios calientes, liberándolo con un chasquido húmedo y volviéndolo a atrapar una y otra vez. Su lengua se movía rápida e implacable, mientras dos dedos gruesos se deslizaban dentro de su coño virgen con cuidado, curvándose hacia arriba para rozar ese punto secreto que la hizo arquear la espalda y soltar un grito ahogado de placer.
—Así… déjame escucharte, pequeña —murmuró contra su sexo empapado, la voz ronca y vibrante—. Quiero oír cómo te deshaces en mi boca.
Daisy ya no podía contenerse. Los gemidos se volvieron continuos, entrecortados, casi sollozos de placer. Sus caderas empezaron a moverse solas, follándose descaradamente su lengua y sus dedos, persiguiendo esa presión que crecía y crecía en su vientre hasta volverse casi insoportable. Cassian la devoraba sin misericordia: chupaba, lamía y follaba su coño con la lengua y los dedos hasta que el orgasmo la atravesó como un relámpago brutal.
Se tensó entera, los muslos temblando violentamente alrededor de su cabeza, mientras soltaba un grito roto y largo. Las oleadas de placer la sacudieron con fuerza, contrayendo su interior alrededor de los dedos de él. Aun así, Cassian no se detuvo. Prolongó el clímax con lamidas lentas y suaves sobre su clítoris sensible hasta que ella se estremeció y empujó débilmente su cabeza, demasiado sensible, casi llorando de placer.
Solo entonces levantó la vista. Sus labios y barbilla brillaban con los jugos de ella, pero sus ojos eran puro fuego negro, salvaje y posesivo.
Se puso de pie sin prisa y se quitó la camisa de un tirón, revelando un torso esculpido y poderoso: abdominales marcados, oblicuos que formaban esa profunda V que desaparecía bajo la cintura, pectorales duros y hombros anchos. Treinta y dos años de pura virilidad dominante.
Se bajó los pantalones y el bóxer de una vez. Su polla saltó libre, gruesa, larga, venosa y completamente erecta. La cabeza bulbosa ya brillaba con precum, palpitando con fuerza. Era pesada, curvada ligeramente hacia arriba, obscenamente masculina. Se acarició una sola vez, lento y deliberado, esparciendo los jugos de Daisy que aún brillaban en sus dedos por toda su longitud. El gesto fue tan crudo y sexual que Daisy sintió un nuevo latido de excitación entre sus piernas.
Daisy tragó saliva con dificultad, el corazón latiéndole tan fuerte que parecía que se le iba a salir del pecho. Miedo, nervios y un deseo oscuro y prohibido se mezclaban en su interior de forma abrumadora.
Cassian se colocó entre sus piernas, apoyando una rodilla en la cama. La cabeza gruesa y caliente de su pene rozó su entrada empapada, resbaladiza, presionando ligeramente. Era demasiado grande. Demasiado.
Ella dudó solo un segundo.
«Esto no está bien», pensó.
Pero entonces vio la cama del hospital, las facturas, el rostro pálido de su madre.
«Si ella vive… valdrá la pena.»
Cerró los ojos un instante y asintió, casi imperceptiblemente.
Cassian lo sintió. Y empujó.
Lento. Muy lento.
La cabeza rompió la resistencia inicial y se hundió un par de centímetros. Daisy soltó un gemido agudo de dolor y placer, clavando las uñas en sus hombros. Era demasiado grueso. Demasiado invasivo.
—Respira, pequeña —susurró él contra su oído, la voz tensa por el esfuerzo de contenerse—. Te tengo. Relájate para mí.
Se detuvo, besó su frente, sus párpados, la comisura de su boca y esperó hasta que ella se acostumbrara a la invasión. Solo entonces avanzó otro centímetro. Y luego otro.
Cada avance era una tortura exquisita. Estaba tan apretada, tan caliente, tan jodidamente virgen. El terciopelo ardiente de su coño lo envolvía como un puño, succionándolo hacia adentro. Cassian apretó los dientes, luchando contra el impulso brutal de embestir hasta el fondo y marcarla.
—Eres tan jodidamente perfecta… —gruñó contra su cuello—. Tan apretada alrededor de mi polla… joder… me estás volviendo loco.
Cuando por fin estuvo enterrado hasta la raíz, los dos se quedaron quietos, respirando con dificultad, piel contra piel, conectados de la forma más íntima posible.
Daisy abrió los ojos. Lágrimas rodaban por sus mejillas, pero ya no eran solo de dolor. Había algo más brillando en ese verde intenso. Lo miró… y lo besó.
El beso empezó torpe y tembloroso, pero pronto se volvió desesperado, hambriento, casi salvaje. Sus manos se enredaron en el pelo de él, tirando de él como si quisiera fundirse con su cuerpo.
Eso rompió el último hilo de control de Cassian.
Gruñó contra sus labios y empezó a moverse.
Primero suave, retrocediendo casi por completo y volviendo a entrar con lentitud profunda, dejando que ella sintiera cada centímetro. Cada embestida arrancaba gemidos más altos, más necesitados de la garganta de Daisy.
Luego aceleró.
Pronto sus caderas golpeaban contra las de ella con un ritmo profundo, fuerte y controlado. La follaba como solo un hombre experimentado podía hacerlo: ángulo perfecto, fuerza justa, rozando ese punto dentro de ella que la hacía arquearse y gritar. Bajó la cabeza y atrapó uno de sus pezones con la boca, succionándolo con fuerza, mordiéndolo suavemente, lamiéndolo mientras seguía follándola sin piedad. Cambió al otro pecho, dedicándole la misma atención hambrienta.
Daisy se retorcía debajo de él, perdida por completo en el placer, sus gemidos convertidos en súplicas incoherentes.
—Cassian… por favor… más…
—Te voy a dar todo, pequeña —gruñó él, mirándola a los ojos mientras aceleraba—. Todo lo que quieras. Todo lo que necesites.
El ritmo se volvió implacable. Las piernas de Daisy se enredaron alrededor de su cintura por instinto, atrayéndolo más profundo, más cerca. La cama crujía violentamente, el cabecero golpeaba la pared en un ritmo frenético.
—No pares… por favor… no pares… —suplicó ella entre sollozos de placer.
Daisy se contrajo violentamente alrededor de su polla, un espasmo caliente que lo hizo jadear. Cassian la miró y lo que vio lo deshizo por completo: su rostro sonrojado, labios hinchados, ojos vidriosos de placer.
Aceleró aún más. Embestidas cortas, duras, desesperadas.
Daisy sintió el segundo orgasmo llegar como una ola gigante. Estalló con un grito roto:
—¡Cassian!
Su coño se apretó alrededor de él como un puño caliente, ordeñándolo. Eso fue demasiado.
Cassian se tensó entero, enterrándose hasta la raíz con un gruñido animal. Se derramó dentro de ella en pulsos fuertes y calientes, llenándola por completo mientras temblaba sobre su cuerpo.
Por primera vez en años, se sintió completamente vulnerable.
Y eso lo aterrorizó.
Porque ella, solo ella, acababa de ponerlo de rodillas.
En cuanto a Daisy, se quedó quieta, escuchando el corazón de su captor latir salvajemente contra el suyo. No sabía si odiarlo o llorar. Cuando él se apartó y la miró con esa expresión indescifrable, sus últimas palabras fueron su único salvavidas.
—Tu madre será operada mañana.







