Capítulo 6: Tu madre será operada mañana.
La lengua de Cassian la rozó primero con lentitud, recorriendo toda la longitud de su sexo desde abajo hacia arriba. Daisy se arqueó con un jadeo entrecortado, las manos volando instintivamente a las sábanas para aferrarse.
Era suave.
Demasiado suave.
Cada lamida era deliberada, exploratoria, como si estuviera memorizando cada pliegue, cada textura. Rodeó su clítoris con la punta de la lengua en círculos perezosos, sin presionar, solo provocándola hasta que el nudo de nervios se hinchó bajo su atención.
Entonces ella gimió, fue un sonido pequeño y sorprendido que se le escapó sin permiso y Cassian gruñó contra su carne, eso lo encendió.
Sus manos se clavaron en los muslos de ella, abriéndola más, y entonces cambió el ritmo.
Ahora era hambre.
Lamió con más fuerza, succionó el pequeño botón entre sus labios, lo liberó con un chasquido húmedo y volvió a atraparlo. La lengua se movía rápida, implacable, mientras dos dedos se deslizaban dentro de ella con cuidado, curvándose hacia arriba en busca de ese punto que la hizo arquear la espalda y soltar un grito ahogado.
—Así… déjame escucharte —murmuró contra su sexo.
En este punto, Daisy ya no podía contenerse. Los gemidos se volvieron continuos, entrecortados, casi sollozos. Mientras sus caderas se movían solas, buscando más, persiguiendo esa presión que crecía y crecía hasta volverse insoportable. Cassian la devoraba sin piedad ahora, chupando, lamiendo, follándola con la lengua y los dedos hasta que el orgasmo la atravesó como un relámpago.
Se tensó entera, los muslos temblando alrededor de su cabeza, mientras soltaba un grito roto y dejaba que las oleadas de placer la sacudieran. Aun así, Cassian no se detuvo; prolongó el clímax con lamidas suaves hasta que ella se estremeció y empujó débilmente su cabeza, demasiado sensible.
Solo entonces levantó la vista, sus labios brillaban con los jugos de ella, pero sus ojos eran puro fuego negro.
Se puso de pie y se quitó la camiseta dejando al descubierto un torso esculpido: abdominales marcados, oblicuos que formaban esa profunda V de sirena que desaparecía bajo la cintura del pantalón, pectorales fuertes y hombros anchos que parecían tallados en piedra.
Treinta y dos años de pura virilidad.
Era un hombre que imponía respeto y deseo con solo existir.
Se bajó los pantalones y el bóxer de una vez y su miembro saltó libre, en toda su forma gruesa, larga, venosa, con la cabeza ya brillante de precum. Era masculina hasta el extremo: pesada, curvada ligeramente hacia arriba y palpitaba de necesidad. Se acarició una sola vez, esparciendo los jugos de Daisy que todavía brillaban en sus dedos por toda la longitud y el gesto fue lento, deliberado, obsceno y mientras lo hacía, sus ojos nunca dejaron los de ella.
Daisy tragó saliva.
El corazón le latía tan fuerte que pensó que se le saldría del pecho. Tenía una mezcla de emociones que no sabía controlar: nervios, miedo, deseo.
Todo mezclado.
Entonces Cassian se colocó entre sus piernas de nuevo, apoyando una rodilla en la cama y la cabeza de su polla rozó su entrada, caliente, resbaladiza y demasiado grande.
Ella dudó. Un segundo. Solo uno.
«Esto no está bien», pensó, el eco de su propia voz moral resonando débilmente en su cabeza.
Y entonces vio la cama de hospital, las facturas apiladas, la cara pálida de su madre.
«Si ella vive… valdrá la pena», se dijo como recordatorio.
Cerró los ojos un instante y asintió, casi imperceptible.
Cassian lo sintió, lo leyó en su cuerpo y empujó.
Lento. Muy lento.
La cabeza rompió la resistencia inicial y se hundió un par de centímetros. Daisy soltó un gemido de dolor, clavando las uñas en los hombros de él. Era demasiado. Demasiado grueso. Demasiado profundo ya.
—Respira, pequeña —susurró él, la voz tensa por el esfuerzo de contenerse—. Te tengo. No voy a hacerte daño.
Se detuvo y besó su frente, sus párpados, la comisura de su boca y esperó hasta que la respiración de ella se calmó un poco.
Solo entonces avanzó otro centímetro. Y luego otro.
Cada avance era una tortura dulce para él.
Estaba apretada.
Virgen.
Perfecta.
El calor húmedo lo envolvía como un puño de terciopelo y tuvo que apretar los dientes para no perder el control. Porque nunca había sentido nada igual. Quería embestir, marcarla, llenarla hasta que gritara su nombre.
Pero no lo hizo.
Siguió entrando con una paciencia que casi lo mataba, susurrándole palabras roncas contra la piel.
—Eres tan jodidamente perfecta… tan apretada alrededor de mí… joder, Daisy, me tienes a tus pies…
Y cuando por fin estuvo enterrado hasta la raíz, los dos se quedaron quietos. Respirando con dificultad.
Daisy abrió los ojos y las lágrimas ya rodaban por sus mejillas, pero no eran solo de dolor. Había algo más, algo que brillaba en el verde intenso de sus iris.
Lo miró y lo besó.
Fue un beso torpe al principio, tembloroso, inexperto. Pero pronto se volvió desesperado, hambriento. Sus manos subieron a la nuca de él, enredándose en su pelo, tirando de él como si quisiera fundirse en su boca.
Eso rompió algo dentro de Cassian, quien gruñó contra sus labios y empezó a moverse.
Primero suave.
Retrocedía casi por completo y volvía a entrar con lentitud, dejando que ella se acostumbrara al grosor, al estiramiento. Cada embestida arrancaba un gemido de la garganta de Daisy, que se volvía más alto, más necesitado.
Luego aceleró.
Pronto sus caderas golpeaban contra las de ella con un ritmo profundo, controlado, pero implacable. La follaba como un hombre que sabía exactamente lo que hacía: ángulo perfecto, fuerza justa, sin piedad pero sin crueldad. Rozando ese punto dentro de ella que la hacía arquearse y clavar las uñas en su espalda.
Fue cuando fue por más, bajó la cabeza y atrapó uno de sus pezones con la boca. Lo succionó con fuerza, lo mordió suavemente, lo lamió en círculos mientras seguía follándola sin pausa. Cambió al otro pecho, dedicándole la misma atención hambrienta y para entonces, Daisy se retorcía debajo de él, perdida ya en el placer, sus gemidos convirtiéndose en súplicas incoherentes.
—Cassian… por favor… más…
Él levantó la cabeza solo lo suficiente para mirarla a los ojos.
—Te voy a dar todo, pequeña. Todo lo que quieras. Todo lo que necesites.
Y aceleró aún más, profundo, duro y perfecto.
Daisy se entregó por completo. El dolor se había convertido en fuego líquido, en necesidad pura y se aferró a él, moviendo las caderas al encuentro de cada embestida, gimiendo su nombre como una oración mientras el placer la llevaba de nuevo al borde.
Y Cassian, perdido en ella, supo que después de tenerla, jamás volvería a ser el mismo.
El ritmo se volvió implacable y las piernas de Daisy se enredaron alrededor de la cintura de él por instinto, atrayéndolo más profundo, más cerca, mientras seguía follándola sin pausa.
—No pares… por favor… no pares…
Daisy se contrajo alrededor de él, un espasmo involuntario que lo hizo jadear y Cassian levantó la cabeza para mirarla y lo que vio, lo deshizo.
Nunca había sentido nada igual. No era solo el placer físico —aunque Dios, era brutal—, era ella. La forma en que se entregaba a pesar del miedo inicial, la manera en que su cuerpo lo buscaba, lo reclamaba. Cada gemido suyo era una puñalada directa a su pecho. Cada vez que sus paredes lo apretaban, sentía que perdía un poco más de sí mismo.
Aceleró aún más.
Las embestidas se volvieron cortas, duras, desesperadas, la cama crujía bajo ellos, el cabecero golpeaba la pared en un ritmo frenético.
Daisy sintió el orgasmo acercarse como una ola gigante. Empezó en su vientre, se extendió por sus muslos, subió por su columna hasta estallar en su cabeza y gritó su nombre:
—¡Cassian! —con la voz rota y el cuerpo convulsionando alrededor de él.
Eso fue demasiado.
Cassian se tensó entero. Un gruñido animal salió de su garganta mientras se enterraba hasta la raíz y sentía el clímax subirle por la columna como fuego líquido. Se derramó dentro de ella y cada pulso era una explosión de placer que lo dejaba sin aliento y temblando.
Por primera vez en años —quizá en toda su vida—, se sintió vulnerable.
Y eso lo asustó.
Porque ella, justo ella, acababa de ponerlo de rodillas.
En cuanto a Daisy, se quedó quieta, escuchando el corazón de su captor latir contra el suyo. No sabía si odiarlo o llorar, pero cuando él se apartó y la miró con esa expresión indescifrable, sus últimas palabras fueron su único salvavidas.
—Tu madre será operada mañana.