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Capítulo 5: El precio de la inocencia (II)

Capítulo 5: El precio de la inocencia (II)

Sus dedos temblorosos se enredaron en la nuca de él. Daisy cerró los ojos y lo besó: torpe, insegura, con labios hinchados y todavía salados por lágrimas y sangre. Pero Cassian gruñó contra su boca, un sonido gutural y salvaje, y tomó el control al instante. La devoró con un hambre feroz que había estado conteniendo desde el primer momento en que la vio. Su lengua invadió la de ella, exigente, profunda, lamiendo y succionando hasta arrancarle un gemido ahogado que vibró directamente en su pecho.

Cassian rompió el beso de golpe. Respiraba con dificultad, los ojos casi negros por el deseo, las pupilas dilatadas hasta devorar el iris. Con un sonido ronco y animal, bajó la cabeza y sus labios encontraron la piel sensible justo debajo de su ombligo. Allí depositó besos lentos, húmedos, casi reverentes, como si estuviera adorando un altar.

Daisy contuvo el aliento. Cada roce de su boca enviaba chispas ardientes que se expandían por su vientre en oleadas de calor líquido. La barba incipiente raspaba deliciosamente su piel delicada, contrastando con la suavidad aterciopelada de su lengua. Y entonces esa lengua trazó un camino lento, deliberado, descendiendo en línea recta hacia abajo, dejando un rastro caliente y brillante que se enfriaba al contacto con el aire y la hacía estremecerse violentamente.

Cuando llegó al delicado borde de encaje de sus braguitas, Cassian se detuvo. Inhaló profundamente, como un depredador saboreando el aroma de su presa.

El olor de su excitación lo golpeó con fuerza brutal. Su polla, ya dura como acero y dolorosamente hinchada dentro de los pantalones, dio un latido violento, engrosándose aún más, palpitando contra la tela hasta volverse un suplicio.

Cerró los ojos un segundo, saboreando ese aroma dulce y puro.

—Hueles a inocencia… —murmuró contra la tela, con la voz tan grave y ronca que parecía surgir de lo más profundo de su pecho—. Dulce. Virgen. Mía.

Las palabras cayeron sobre Daisy como cera caliente derramándose sobre su piel. Su centro se contrajo con fuerza, un pulso profundo y desconocido que le arrancó un jadeo entrecortado. Sintió cómo una nueva oleada de humedad empapaba sus pliegues y se sonrojó violentamente, avergonzada y excitada al mismo tiempo. Quiso apretar los muslos, esconderse… pero las manos grandes y fuertes de Cassian ya se deslizaban por sus caderas, posesivas.

Enganchó los dedos en el elástico y comenzó a bajar las braguitas con una lentitud tortuosa, centímetro a centímetro, rozando deliberadamente la piel sensible de sus muslos. Daisy se mordió el labio inferior con fuerza, atrapada entre el pánico que le subía por la garganta y un deseo ardiente que le lamía las entrañas como llamas.

Podía detenerlo. Podía cerrar las piernas. Pero no lo hizo.

Cuando la prenda quedó enrollada a la altura de sus rodillas, Cassian la deslizó del todo y la tomó entre sus dedos. La acercó a su rostro sin vergüenza alguna y aspiró profundamente, inhalando su aroma íntimo como si fuera la droga más adictiva del mundo. Su respiración se volvió irregular, casi jadeante. Sin apartar la mirada de sus ojos, metió las braguitas en el bolsillo delantero de su pantalón, como un trofeo oscuro que no pensaba devolver jamás.

Entonces la miró. De verdad.

Daisy tendida sobre las sábanas negras, piel pálida y sonrojada, pezones erectos y enrojecidos, cabello rojizo desparramado como llamas líquidas alrededor de su cabeza. Se veía etérea, vulnerable y absolutamente irresistible.

Una diosa caída en su cama. Frágil y poderosa al mismo tiempo.

Y eso lo volvía completamente loco.

Porque ella no tenía ni idea del poder que tenía. Podría poner de rodillas a cualquier hombre solo con esa mirada asustada y enorme. Y él… él había sido incapaz de resistirse. Podría haberla dejado en paz después de salvarla. Podría haber actuado con honor. Pero la parte oscura, voraz y posesiva que habitaba en él no se lo permitió.

Quería ser el primero. Quería marcarla. Quería que cada rincón de su cuerpo recordara para siempre que había sido suya antes que de nadie.

Daisy, todavía temblando, abrió la boca para hablar, pero la frase nunca llegó a salir.

Porque Cassian se arrodilló entre sus piernas, separando sus muslos con manos firmes y hambrientas. Ella podría haber cerrado las piernas por instinto… pero en el fondo, muy en el fondo, no quería.

Quería saber. Quería sentir. Quería arder.

Cassian abrió sus pliegues rosados y húmedos con los pulgares, exponiéndola completamente. Su coño virgen, brillante de excitación, hinchado y palpitante, lo hizo tragar saliva con fuerza. La nuez de Adán subió y bajó visiblemente en su garganta.

No esperó más.

Bajó la cabeza y posó sus labios calientes y hambrientos directamente sobre ella.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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