• Penélope •
La cálida brisa californiana me golpeó el rostro mientras meditaba mi siguiente movimiento. Quizás debería haber aceptado la oferta de Miguel y haberle dejado llevarme de vuelta al convento. Pero lo último que necesitaba era más cuchicheos. Especialmente después del último altercado con una de las Hermanas.
Esa mujer tenía ojos de halcón y una boca como un maldito megáfono.
Acomodé las bolsas de compras en mis brazos, viendo cómo el coche de Miguel se empequeñecía en la distancia.