Capítulo Treinta y Dos — Un animal enjaulado...
Lorenzo Bianchi
Mi silencio excesivamente prolongado y la ausencia total de actitud ante las palabras proferidas por mi madre la llevaron a cuestionar mi reacción.
Me miraba con los ojos entrecerrados, bufando de pura impaciencia al ver que su drama no me estaba haciendo caer de rodillas.
—¿Te vas a quedar ahí parado como una estatua sin decir ni hacer absolutamente nada, Lorenzo? —bramó, cruzándose de brazos con fuerza.
—Tu prometida casi pierde a tu maldito heredero anoche y ¿tú te quedas