En las primeras horas de la madrugada, Freya sintió una incómoda inquietud. Su cuerpo empezó a sudar. En ese momento se inclinó abruptamente, abriendo los ojos de par en par.
—No puede ser —murmuró con la preocupación palpable en su voz. Su loba había liberado prematuramente el celo. Con rapidez, se liberó de la sábana que la cubría y se dirigió al closet en busca de su maletín. Lo abrió con urgencia, extrayendo de él un collar que se lo colocó alrededor de su cuello para evitar que ese lobo la