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Eirik y yo corrimos hasta que los gruñidos y ruidos desaparecieron. Nos detuvimos frente a una cueva; él me apretó la mano con fuerza y me metió dentro.

—¿Qué carajo te pasa? ¿Acaso quieres morir? Te grité mientras te sumergías en el agua, te grité tan fuerte que mi garganta se rasgó, pero no te detuviste, y entonces desapareciste en la profundidad del lago. Casi muero, Tiana, al pensar que te perdería —me dijo él.

Yo me acerqué y, a tientas, lo toqué. Puse mi mano sobre su pecho; él puso la su
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Margarita Quesquenno sabía que el silencio era ensordecedor
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