Me quedé allí, sobre él, con la respiración entrecortada. Sus manos subían y bajaban por mi espalda desnuda. Levanté un poco mi cabeza y lo miré; su expresión estaba en blanco, y yo deseaba poder leer su mente en esos momentos.
— ¿En qué piensas? —le pregunté.
Él me miró.
— Necesito el amuleto —me dijo.
Me senté sobre su abdomen y lo miré.
— Lo siento, pero no puedo ayudarte —le dije.
Me bajé de él y me levanté. Tomé el pedazo de tela que estaba tirada en el suelo e intenté ponérmela, pero esta