El palacio amaneció con la lenta crueldad de la luz invernal: tenue, pálida, atravesando las altas ventanas como acusaciones. Callie se movía por los pasillos matutinos con el sencillo vestido color carbón que Darian le había elegido la noche anterior: de cuello alto, manga larga, modesto a la vista. Solo él conocía la verdad debajo: sin ropa interior, solo las tenues marcas rojas de la cuerda que aún florecían en sus muñecas y garganta como firmas secretas.
Cada paso se lo recordaba.
La tela se movía contra la piel desnuda y sensible. Sus pezones, ya endurecidos por el recuerdo de su boca y el dolor persistente entre sus muslos, raspaban levemente con cada respiración. Caminaba con gracia deliberada, con la barbilla levantada, porque él le había dicho: «Llevarás con orgullo la ruina de anoche. Que no vean nada. Que yo lo vea todo».
El gran salón ya estaba animado cuando entró. Darian estaba sentado a la mesa principal, flanqueado por asesores, revisando informes fronterizos. Sus ojos