Quería salir corriendo, y mi deseo era tan fuerte que no sé en qué momento mis pies empezaron a moverse y se giraron en dirección contraria. Sin embargo, antes de hacer el ridículo corriendo, él levantó la voz llamándome.
—¡Raven, espera! —cruzó rápidamente la calle, llegando hasta mi. —Por favor, no te vayas —me pidió tomando suavemente mi antebrazo.
Su tacto hizo que mi corazón diera un salto y empezara a latir rápido. Pero la calidez de sus manos no me reconfortó por mucho tiempo, ya que él