CRYSTAL.
"Bájame, Asher".
Mi voz ya no sonaba humana. Sonaba como un coro de cristales rotos, vibrando con una resonancia metálica y cósmica que hacía zumbar las antiguas piedras del pasillo.
"Apenas puedes tenerte en pie, Mi Reina", retumbó Asher, y sus enormes brazos me sostenían firmemente contra su pecho.
Al Señor de la Guerra no le importó que la pura seda blanca de mi túnica ritual humeara donde tocaba su piel. No le importó que la cegadora luz plateada líquida de las estrellas que palpit