6. Una elección en un segundo

—¡Val! ¿Puedes llevar estas cajas al almacén? —La voz de uno de los voluntarios hizo que Valerie diera un pequeño respingo.

Desde hacía un buen rato, ella mantenía la mirada fija en la figura que permanecía de pie al otro extremo del salón. Un hombre vestido con un traje negro, que destacaba de forma notable entre los presentes, erguido en medio de la multitud que vestía ropa informal.

A su lado, Ethan tiraba de la manga del saco de su padre, intentando llamar su atención mientras este mantenía una conversación seria con el administrador del albergue.

—Las llevaré enseguida —respondió Valerie con una dulce sonrisa. Sus manos se dirigieron hacia la pila de cajas, pero sus ojos seguían atentos a cada movimiento de ambos.

Tenía que hallar una oportunidad. Llevaba una hora dando vueltas, buscando la forma de acercarse a Ethan sin levantar sospechas, y hasta ese momento no había aparecido ninguna ocasión.

Apenas terminó de formular ese pensamiento, vio a Ethan caminar a paso ligero hacia el pasillo que daba salida al salón. El instinto de Valerie actuó mucho más rápido que su razón. Dejó la caja que sostenía a un lado y siguió los pasos del niño, que había logrado alejarse sin que su padre ni los guardaespaldas que solían acompañarlo se percataran.

—¡Ethan! —Una voz de mujer resonó desde una de las habitaciones al final del pasillo. El niño se detuvo en seco. Una sonrisa apareció en sus labios antes de girar y entrar en el cuarto.

Valerie, que lo seguía a unos metros de distancia, frunció el ceño. Algo no estaba bien. Esa voz no pertenecía a ninguna de las cuidadoras que solía ver al cuidado de Ethan en el albergue. ¿Quién llamaba al niño con tanta familiaridad?

Cuando Valerie llegó al umbral de la puerta, vio a Ethan comiendo algo con avidez. Una mujer, de unos treinta años, se hallaba agachada a su lado, sosteniendo aún un envoltorio de plástico vacío. Valerie nunca había visto a esa mujer. No era voluntaria, ni tampoco formaba parte del personal permanente del albergue.

—Disculpe —La voz de Valerie hizo que la mujer diera un respingo. Su rostro se tornó rígido al instante, y sus ojos se movieron inquietos buscando una salida.

—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?

—Yo… yo… —La mujer parpadeó rápidamente, era evidente que estaba inventando una respuesta—. Soy la cuidadora de Ethan.

—¿Quién eres en realidad? —Valerie sujetó con firmeza la muñeca de la mujer, impidiéndole huir.

La mujer no tuvo tiempo de responder cuando una tos llenó la habitación. Valerie se giró de inmediato hacia Ethan.

El niño tosía sin cesar, y sus pequeñas manos se rascaban con desesperación el cuello.

—No puedo… res… pirar… —Sus palabras se entrecortaban, acompañadas de un silbido agudo cada vez que intentaba aspirar aire. Su rostro se enrojeció rápidamente, sus labios empezaron a hincharse y sus ojos se llenaron de lágrimas.

¡Anafilaxia!

Esa palabra resonó en la mente de Valerie como una alarma. Su corazón se aceleró con fuerza, pero sus manos se movieron con la calma adquirida tras años de práctica.

—¿Qué le ha dado? —La voz de Valerie se tornó severa, y apretó con más fuerza la muñeca de la mujer.

—¡Me pica! ¡No puedo respirar! —Ethan se rascaba el cuello hasta enrojecer la piel, y su cuerpo empezó a perder el equilibrio.

En menos de un segundo, Valerie se vio obligada a elegir: retener a aquella mujer para averiguar la verdad, o dejarla ir y socorrer a Ethan primero.

Pero no podía permitir que aquel cuerpecito cayera y se golpeara contra el suelo.

Valerie aflojó el agarre. La mujer se dio la vuelta y salió corriendo de la habitación, pero Valerie ya no le prestó atención. Sus dos manos recibieron el cuerpo de Ethan justo cuando este empezaba a desplomarse.

—¡Ethan! ¡Ethan! —El rostro del niño ya se hallaba hinchado y enrojecido, y su respiración era casi imperceptible, ahogada entre aquellos silbidos que se volvían cada vez más débiles.

Maldición.

Su instinto médico tomó el control. Era una situación que ponía en peligro la vida, y cada segundo perdido podía marcar la diferencia entre todo y nada.

Sin detenerse a pensar, Valerie alzó en brazos el cuerpo de Ethan. Le costaba avanzar, pues el niño había perdido por completo sus fuerzas y se desplomaba sobre ella, con la cabeza recostada lánguidamente en su hombro.

—¡Por favor! ¡Den paso! —gritó al volver a entrar en el salón.

El bullicio de la habitación se apagó al instante. Leander, que hasta ese momento había escuchado atentamente el informe del administrador del albergue, abrió los ojos de par en par al reconocer la figura inerte que Valerie sostenía.

El hombre corrió hacia ella, abriéndose paso entre los invitados, que se apartaban confundidos a su paso.

Valerie depositó el cuerpo de Ethan sobre la mesa más cercana, apartando de un manotazo los platos pequeños y las copas que estorbaban.

—¡Díganme! ¡Llamen a una ambulancia! —Leo, el asistente de Leander, gritaba presa del pánico mientras sostenía el teléfono pegado al oído.

—¿Qué ha pasado? —Leander sujetó a Valerie por los hombros; su voz exigía una respuesta, mientras su cuerpo entero emanaba una angustia desbordante.

Valerie no respondió. Quiso dirigirse de inmediato hacia su bolso, que descansaba a poca distancia.

—¿Qué hace? —La voz fue cortante; el agarre sobre sus hombros se hizo más firme, apartándola del bolso.

—Lo estoy salvando. Si no me deja tomar la medicina, Ethan puede no sobrevivir. ¡Suélteme! —Valerie lo sostuvo la mirada, sin dejarse amedrentar en absoluto por esa mirada gélida que solía hacer retroceder a cualquiera.

Hubo unos segundos de silencio. Entonces, el agarre se aflojó.

Valerie corrió de inmediato, metió la mano en el bolso y sacó un tubo de plástico de color amarillo con la inscripción EpiPen.

Regresó y se arrodilló junto a la mesa, a la altura del cuerpo de Ethan, cuyos labios ya empezaban a tornarse azulados. Retiró el seguro del dispositivo. Sus manos se movieron con rapidez y precisión, sin vacilar ni un instante.

—Ethan, aguanta un poquito —murmuró, más para tranquilizarse a sí misma que al niño, que apenas conservaba la conciencia.

Le subió el pantalón dejando al descubierto la parte externa del muslo, y luego clavó la punta del EpiPen perpendicularmente en el músculo. Se escuchó un pequeño chasquido cuando la aguja atravesó la piel. Valerie mantuvo la posición contando mentalmente hasta diez segundos completos, asegurándose de que la dosis completa de epinefrina entrara en el organismo del niño antes de retirar el dispositivo y masajear suavemente la zona de la inyección.

La habitación permanecía en silencio. Todos contenían la respiración, esperando.

Esos instantes parecieron alargarse eternamente. Luego, poco a poco, el silbido que acompañaba la respiración de Ethan empezó a debilitarse. El tono rojizo de su rostro se fue atenuando, aunque no había desaparecido por completo. Su pecho subía y bajaba con un ritmo más regular.

Varios de los presentes soltaron un suspiro de alivio.

—Por ahora estará bien —dijo Valerie, dejando escapar el aire que había contenido durante todo ese tiempo—. Pero debe recibir atención médica en un hospital. El efecto de la epinefrina puede disminuir y la reacción podría reaparecer. ¿Ya llamaron a la ambulancia?

—Sí —respondió Leo de inmediato—. Ya viene en camino.

—Menos mal. —Valerie se puso de pie; sus manos aún temblaban levemente por el pico de adrenalina que apenas empezaba a ceder.

Una extraña satisfacción se abrió paso en su pecho: esa sensación de haber salvado una vida, algo que no sentía desde que dejó de portar la bata blanca.

Apenas intentó recuperar el aliento con calma, una mano se cerró con fuerza sobre la suya. Dio un respingo y se giró.

—¿Qué ocurre? —preguntó Valerie, alzando la vista hacia el hombre que se hallaba a apenas unos centímetros de ella, con la mirada afilada y escrutadora.

—Dígame —exigió él con voz grave, sin rastro de amabilidad—, ¿por qué llevaba consigo esa medicina?

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP