2. Ya no suplico

¿Eh? ¿Que estoy embarazada? —Valerie no daba crédito. Su rostro, que momentos antes había permanecido rígido, se suavizó poco a poco. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero esta vez de alegría.

Cinco años llevaba esperándolo. Y ahora, precisamente en medio de todo esto, ocurría. Acarició su vientre, todavía plano.

Sin embargo, esa dicha no duró mucho. Dos agentes ingresaron a la habitación, dispuestas a escoltarla de regreso a su celda.

¿Por qué tenía que ser ahora? Si este regalo hubiera llegado apenas un mes atrás, quizá jamás se habría enterado de la traición de Devano. Tal vez habría seguido viviendo en paz, junto a su hijo, aunque todo se basara en una mentira.

En cambio ahora, ese niño crecería con una madre abatida, en un entorno hostil. ¿Cómo podría criarlo bien en esas condiciones?

El rostro de Devano acudió a su mente. Sus palabras en el estrado seguían resonando en sus oídos. La había tachado de estéril y justificado su infidelidad con ese argumento. Y ahora, Valerie llevaba en su vientre a su propio hijo. ¿Acaso esto ablandaría su corazón? ¿Sería capaz de retirar su acusación? Es cierto que la sentencia ya se había dictado, pero aún quedaba la vía de apelación.

—¿Me permitirían pedir una oportunidad? Nunca he hecho uso de mi derecho a una llamada. ¿Podría hacerla ahora? —pidió Valerie.

La agente y el médico se miraron entre sí y asintieron.

—Use mi teléfono —dijo el médico, tendiéndoselo.

—Gracias.

—No hay de qué. Esperaremos afuera.

La puerta se cerró. Valerie marcó el número de Devano, mordiéndose los labios con nerviosismo.

El teléfono sonó tres veces antes de que él respondiera.

—¿Diga?

—Dev… soy yo.

Hubo un silencio. Valerie incluso llegó a revisar la pantalla, temiendo que la llamada se hubiera cortado.

—¿Cómo conseguiste llamarme?

—Dev, no tengo mucho tiempo. Tengo algo que decirte —su voz temblaba. Odiaba tener que suplicarle a ese hombre, pero lo hacía por su hijo. Estaba dispuesta a todo con tal de que su pequeño no naciera tras los barrotes.

—¿Qué?

—¡Papá! ¡Papá! ¡Vamos a jugar! —se escuchó una vocecita al otro lado de la línea.

Valerie apretó los labios con fuerza. Ellos vivían felices allá afuera, mientras ella permanecía encerrada.

—Habla de una vez. ¿No dijiste que te quedaba poco tiempo? —la voz de Devano sonaba gélida e impaciente.

—Dev… estoy embarazada.

Devano guardó silencio.

—¿No has deseado siempre que quedara embarazada? Pues ahora llevo a tu hijo en mi vientre. Te lo ruego, no permitas que lo críe en prisión. Si más adelante deseas que me aleje, lo haré. Pero sácame de aquí. Dev, te lo suplico.

—Simplemente interrúmpelo.

Esas palabras fueron dichas con absoluta frialdad y destruyeron todas las esperanzas de Valerie en un instante.

—Interrúmpelo si no quieres dar a luz en una cárcel. No quiero mantener ningún vínculo contigo. Mi abogado te enviará los papeles del divorcio. Solo tendrás que firmarlos.

La mano de Valerie aflojó su agarre del teléfono por unos segundos, para luego aferrarlo con mucha más fuerza.

Eso dolía aún más que haberse enterado de lo suyo con Catherine.

—¡No! —Valerie apretó el aparato con fuerza. Sus lágrimas dejaron de fluir. Basta. —Jamás interrumpiré este embarazo. Aunque tenga que nacer en prisión. Lo criaré para que sea un hombre que jamás haga llorar a ninguna mujer. Ni siquiera necesitará saber quién es su padre. Porque su padre no es un hombre de verdad… es solo un cobarde.

Valerie cortó la llamada. Ya no temblaba. A partir de ese momento tenía un único propósito: su hijo.

Caminó hacia la puerta de la habitación y la abrió. El médico y la agente la esperaban afuera y la miraron sorprendidos. Valerie los miró con serenidad y alzó ambas muñecas, ofreciéndolas para ser esposada.

La prisión, pensó, se sentía más segura que el mundo allá afuera.

—Señorita Valerie.

Ella se detuvo en seco. Uno de los funcionarios se acercó a ella.

—Hay alguien que desea verla.

—No deseo ver a nadie.

—Dice que se trata de su apelación.

El corazón de Valerie comenzó a latir con fuerza. ¿Su apelación?

El sonido de unos pasos resonó lentamente a lo largo del pasillo. Una figura alta, vestida con un traje oscuro y de semblante impasible.

Valerie reconoció de inmediato a quien tenía enfrente: Leander Luthier. Tío de Devano. El hombre que sostenía el control absoluto sobre toda la familia Luthier.

—Estoy seguro de que sabes quién soy.

Valerie alzó el rostro. El hombre sacó una carpeta de entre sus manos.

—He venido para asegurarme de que no presentes recurso de apelación.

Valerie guardó silencio. Su mirada permanecía serena, sin que se dibujara ninguna expresión en su rostro.

—Apelar solo prolongaría este proceso, y no pienso permitir que eso ocurra —dijo él con voz cargada de autoridad, y sus ojos se entrecerraron de forma amenazante.

—¿Y bien? —fue lo único que alcanzó a decir Valerie.

Leander frunció el ceño, aunque su mirada seguía mostrando altivez.

—He venido para pedirte que aceptes la sentencia dictada por el tribunal.

—¿Eso es todo?

La pregunta hizo que el pasillo quedara sumido en un silencio repentino.

Leander observó a la mujer que tenía delante. Valerie estaba pálida y aún llevaba las esposas en las muñecas, sin embargo, en su mirada ya no había rastro de súplica, tal como él había esperado encontrar.

—¿No deseas defenderte? —preguntó Leander.

Valerie negó suavemente con la cabeza. —Ya he hecho más que suficiente al respecto.

—¿Que ya has hecho suficiente?

—Si es así, no tiene sentido seguir hablando.

Leander la miró con mayor detenimiento. —¿Te has rendido?

Valerie tomó una breve bocanada de aire y sostuvo su mirada.

—Simplemente he dejado de suplicar a personas que ya decidieron no creer en mí.

Por primera vez desde que llegó al lugar, Leander se quedó sin palabras.

No había ira en ella, ni llanto, ni intentos de buscar compasión. Aquella mujer solo decía la verdad, con una voz tan tranquila como la superficie de un lago en calma.

Valerie posó la vista sobre la carpeta que él sostenía.

—Si su única intención era decirme eso, me retiro.

Se dio la vuelta y comenzó a caminar. Sus pasos eran firmes y tranquilos, mientras las esposas que llevaba en las muñecas tintineaban levemente con cada movimiento.

Sin volver la vista ni una sola vez, avanzó hacia la zona de celdas. La puerta de hierro se abrió y, momentos después, su figura desapareció tras los barrotes.

Su asistente soltó un suspiro y habló en voz baja.

—Esa mujer es sumamente arrogante.

Leander alzó una mano, pidiéndole silencio. Él permanecía con la vista fija en la puerta que acababa de cerrarse. Tras unos segundos, dijo en voz baja:

—No es así.

El asistente lo miró, confundido. Leander seguía observando hacia donde había desaparecido Valerie.

—Ella no es como la describen.

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