—¡Gracias a Dios! —sollozó Meli asustada, pero sabía que ahí no terminarían las cosas—. Quiero ir con usted —le dijo.
—Puede ser peligroso...
—No lo será. Ese hombre es un cobarde, y lo único que sabe hacer es levantar su distinguida nariz y decir lo poderoso que es. ¡Pero no va a hacer nada más!