El silencio de la habitación era su único refugio. Mariana cerró la puerta tras de sí y se apoyó contra ella, dejando que su espalda resbalara lentamente hasta quedar sentada en el suelo. Las lágrimas que había contenido durante horas finalmente encontraron su camino por sus mejillas. El palacio, que alguna vez le pareció un laberinto fascinante, ahora se sentía como una prisión dorada donde cada pasillo guardaba ojos que la juzgaban, cada rincón escondía susurros sobre ella.
Alzó la mirada haci