El silencio en el despacho privado de Khaled era tan denso que podía cortarse con un cuchillo. La luz del atardecer se filtraba por los ventanales, proyectando sombras alargadas sobre los muebles de madera oscura y las alfombras persas. Khaled permanecía de pie, con las manos apoyadas sobre su escritorio de caoba, mientras sus ojos, convertidos en dos rendijas oscuras, no se apartaban de Rashid.
Rashid se encontraba sentado con una tranquilidad insultante, como si la tensión que inundaba la habi