YAMILA KAYÁ
—¡No puedes regalarnos una casa, Aaron! — susurre para que Amed no me escuchara pues me mataría si supiera que yo no quería aceptar su semejante regalote; seguí repasando con la vista cada detalle realmente encantada— ¡Ni siquiera una tan linda! — pero sin dudas era un gesto demasiado hermoso que alguien quisiera compartir algo con mi hijo, si no estuviera tan abrumada por tantas emociones, ahora mismo pudiera sentare en el piso a llorar al respecto. «Amed tenía un padre, uno que e