YAMILA KAYA
Entré en la sala de pediatría, un poco más tranquila que el día anterior. La jornada había sido tranquila, y a pesar de haber sentido un repeluz ante la sola mención de la posibilidad de ser atacada por Andres, ya estaba digiriendo mejor el hecho de que una persona se mantenía carca para cuidarme a mi y a mi hijo.
Sobre las dos de la tarde una llamada de la guardería me sobresaltó, al punto de que mi corazón se desató a latir a velocidad de taquicardia.
Tome el teléfono espantada,