«¡Déjame salir! ¡Déjame salir de aquí!»
El grito no provenía del exterior, sino de las profundidades de su propia consciencia. Retumbaba de forma insistente, como si golpeara contra los muros invisibles que la aprisionaban.
«¡Quiero ser libre! ¡Quiero mi libertad!», clamaba aquella voz salvaje, llena de rabia y desesperación.
«¡En cuanto me libere, lo arrasaré todo! ¡Todos pagarán por una vida de encierro! ¡Tomaré este cuerpo y asumiré el control!».
La oscuridad que la contenía parecía comprimi