En el instante en que Gael pronunció aquellas palabras, los pasos de Rayborn se detuvieron. Lentamente, giró el rostro hacia él y clavó la mirada en el General.
Toda la energía vibrante que segundos antes lo envolvía se desvaneció como si alguien hubiese apagado una llama de golpe. Su semblante se tornó severo, sombrío. Entrecerró los ojos y frunció el ceño, incrédulo.
—¿Qué? —preguntó—. ¿Qué acabas de decir? ¿Que no quieres casarte?
Gael inclinó la cabeza con respeto.
—Lo siento mucho, Alfa —r